18 nov 2019

SEÑORAS DE LA ESCORIA

¡Perra! Te gritaban en aquel túnel
y la luz sólo veía tinieblas,
entre focos de coches que paraban,
para saquear tu cuerpo, sin clemencia.

Tú eras aquella zorra de señores
cuyas sumisas esposas los aguardaban
y protegían en la mísera cobardía
de una mentira que las aniquilaba.

Tan señoras ellas, tan putas ustedes,
que tratadas entre mafias vomitivas
quedáis secuestradas por el terror
y las bocas calladas de la gente.

Malas putas, os llaman, inmigrantes, negras
cubanas, de Varsovia o Nigeria.
Destinos fatales del sino,
que os condujeron a la caverna.

Sobran tus reconocimiento, pero sacian
las ansias sexuales de educados caballeros
con maletines de trincheras
que después erradican tus derechos.

Malas vidas las vuestras
que necesitan esconder verdades
de aquellos que os corroen,
os corrompen, os atan y pegan.

Falta de preguntas y respuestas falsas.
Caminas a ciegas, sin destino,
en un sendero de luces apagadas
con el miedo incesante a la espalda.

El que te usa sin quererte cerca
y te sacude para que desaparezcas,
y, con ello, su mala decencia,
no es más que ser de cruel vileza.

¡Tú señora! Tan señora y puta.
¡Tú señor! Tan señor y escoria.

Diego José López Fernández
12-11-2019

6 nov 2019

LLUVIA SIN UNANIMIDAD

Hoy llovía y le importaba al agricultor, ese que con sudor y esfuerzo levanta la azada día a día para arrancar de la tierra sus productos. Llovía y era feliz porque el fruto de su tesón era regado con el maná de un cielo que lloraba riqueza.

Hoy llovía y el vendedor de paraguas y chubasqueros se reconfortaba pensando que las ventas aumentarían. Eran esas tormentas, a ratos, las que le proporciaban más ganancias.

Hoy llovía y el dueño de la chocolatería intuía como las mesas de su negocio aglutinarian, de un momento a otro, a familias enteras alrededor de una taza caliente acompañada de churros sabrosos.

Hoy llovía y el jardinero planeaba el futuro de aquellos setos que crecerían agradecidos al líquido vital. Fuertes y arraigados a una tierra madre incondicional.

Hoy llovía y los pantanos se mostraban tulgentes y voluminosos, encerrando bajo sus aguas pequeños tesoros arqueológicos que sólo el estío muestra su tétrica belleza. Falso regalo para los ojos que aviene tras la tragedia de la asfixia.

Hoy llovía y los arroyos inertes volvían a la vida, cuáles lázaros a la voz de arrullo de las gotas incesantes.

Hoy llovía y el suave tintineo del aguacero se convertía en una sinfonía de bellas notas indómitas, pero que marcaban el compás sin equívocos.

Hoy llovía y la atmósfera enrarecida limpiaba sus pulmones de toxinas acumuladas por los malos hábitos de un humano cada vez más acomodado y sedentario.

Hoy llovía y los bosques sedientos absorbían, a borbotones, las cuantiosas rías de agua limpia, cristalina, pura. 

Hoy llovía y al bajar del taxi se mojó el pie, maldijo a aquel mal de la naturaleza que provocaba atascos, que ensuciaba con sus corrientes las calles. Y se acordó, pues, de lo poco que le gustaba la lluvia y tenía mil razones para ello. O¿quizás era sólo una?

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