21 oct 2014

Vigías del tiempo revuelto

Unos lejanos perfiles se dibujan en el horizonte, son bellos, pero un tanto desproporcionados.Algunos de matrícula extranjera se asombran con tan imponente sombra bidimensional. Fiel testigo del devenir de los tiempos, se aferran a sus pilares sin cambiar un ápice su bravura ni su pose elegantemente vanidosa. Nacido para ser de anuncio, concebido para extrapolar los valores de una de las marcas de caldos más famosas del mundo. Siempre resistió cualquier viento, lluvia, tempestad o altas temperaturas. Impertérrito, quieto, pero a la vez muy vivo. Dijo el viejo sabio  Machado, que no hay camino sino que se hace camino al andar y él, incluso en su quietud, ha hecho ese lento pero importante camino del reconocimiento.
 Puede que ese mismo horizonte no quede huérfano y que, aunque en la lejanía, la compañía se haga presente en la silueta de otra bella anatomía. Con el mismo fin, con parecido en el devenir, con la misma vigilancia, pero quizás menos recia e imponente. Más comedida y festiva ha sembrado otros escenarios con las reminiscencias de su esencia. Su nombre es patente en cualquiera de las fiestas y tradiciones más arraigadas de la soberbia Andalucía. Aliada además de hosteleros de buen gusto y refinadas costumbres.
 Saben vestir páramos yermos y se hacen dueños y señores de grandes y largas rectas de asfalto aburridas. Él con toda su varonía en esplendor, ella con el ala ancha por bandera. Él que sirve de escudo a una bandera y ella que es símbolo de una cultura. Ambos forman el maridaje perfecto para trascender de su originaria concepción a un alto grado de aceptación común como adalid de un sentir, de una patria de una madre tierra.
 Ellos que estuvieron flanqueados en su nacimiento por letras en las que servían de un simple elemento más de una campaña publicitaria de vinos, Osborne uno, Tío Pepe la otra. El toro y la botella humanizada con sombrero cordobés, chaquetilla de corto y guitarra en mano, eran prototipo de una incipiente industria que comenzaba a resurgir en la denostada España de las películas del destape o las de playas repletas de suecas y alemanas. Fiel símbolo de una patria de vino y pandereta.
 Y es ahí, precisamente, donde reside su afortunada reputación. Después de pertenecer a ese chovinismo chabacano han sobrevivido al devenir de la propia historia revuelta de su España querida. Ahora, protegidos ambos como símbolo cultural, han dejado de ser imagen de una marca comercial para convertir en historia a sus esculpidos perfiles. Como el pollino en Cataluña o el gallo en la vecina Portugal, el Toro de Osborne y la Botella de Tío Pepe son santo y seña de la España de todos, de los que vivieron una triste y larga guerra civil, de los que sobrevivieron a cuarenta años de represión indeseable, de los que asistieron expectantes a una Transición modélica y los que llevan incluso algunos reyes y papas a sus espaldas.
 A pesar de los pros y los contras con los que viste la historia, sobrevivir como símbolo de unión y ser capaz de pasar a ser de la noche a la mañana de producto a talismán es algo que pocas veces ocurre. Razón más que merecida para reflexionar cuando de camino por cualquier carretera de la red nacional se divisan estos preciosos carteles. Mirarlos con los ojos de su valor, con los ojos de lo que han sido y lo que son. Servir de ejemplo inerte, pero vivo a la vez, de la superación, del devenir y el cambio.
 Deben ser óbice de compromiso con uno mismo. Transformarnos continuamente con el afán de mejorar, dejar nuestra huella, nuestro perfil y ¿quién sabe? Algún día poder convertirnos en signo o símbolo de una comunidad que identifique nuestro esfuerzo como valor, seamos ese toro o esa botella. No quedemos inmóviles aunque estemos anclados a nuestra silla, aunque nos aten y amordacen, pues el tiempo jamás deja de ser revuelto y el triunfo, puede ser, se halle más cerca de lo que pensamos.

Las fronteras del arte

Quizás un paseo normal, el entorno habitual por el que pasan todos los días cientos, quizás, miles de personas. Las mismas aceras, los mismos árboles y los mismos escaparates. El tiempo parece no hacer mella en el devenir de un escenario que se antoja eterno. Vuelves a doblar la esquina y la misma escena se vuelve de nuevo a repetir. Puede que hoy el cielo esté más gris y plomizo que otros días, pero, al fin y al cabo, eso cambia muy poco la monotonía instalada en el cuadro.
Casi a diario repetimos patrones de rutas, hábitos y ¿cómo no? casi vitales. Pero la simpleza hace que los escudos aparezcan y que la necedad no nos deje disfrutar de los regalos con los que nos propina la vida en cualquier centímetro del orbe terrestre. Quizás los adultos estamos tan inmiscuidos en nuestros quehaceres, nuestros problemas y nuestros pensamientos bombardeantes que no sabemos que a escasos centímetros se nos escapa algo que ya no alcanzamos siquiera a comprender.
Ayer salí de casa con una acusada proposición de mirar el más allá de lo cotidiano. Fue entonces cuando descubrí cosas maravillosas. Ayer me paré, y no perdí el tiempo, puede que todo lo contrario, ya que volví a encontrar una parte de mí que hacía tiempo no alcanzaba a hallar. Sentado en uno de los macetones metálicos plantados con esmero en la céntrica y preciosa calle Tetuán de la capital hispalense, me regalé miradas de admiración, miradas que satisfechas arrojaban meritoria atención hacia personas que nos regalan cosas hermosas y que poco o nada paramos a atenderlas.
Fueron muchos los niños que pasaron frente a mi improvisado asiento, muchos y de diferentes nacionalidades, edades y tipos de piel, pues era época de mucho trasiego de turistas, pero todos y cada uno de ellos entendían el lenguaje, todos y cada uno de ellos asombrados giraban sus cabecitas en los carros o seguían con su mirada para no perder de vista tan magistral interpretación. Ahí, frente a mí un violinista, un acordeón o una señora que baila al compás de unas palmas. Ahí frente a mí uno de los escenarios más hermosos del mundo. ¡Gratis! La mayoría de los adultos poco reparaban en el espectáculo, algunos, quizás, proferían una ligera mirada, otros tan siquiera tuvieron la sensibilidad de saber que existían. Pero todos, sin excepción, todos los niños se emocionaban al ver tan precioso regalo. Ellos sí que sabían conectar en lo más sincero de su ser con el artífice de tan loable actividad callejera. Todos, sin excepción, se alejaban con ganas de quedarse. Todos mimetizaban con la esencia de la belleza. En definitiva, todos esos seres inocentes, incorruptos hablaban con los ojos del arte.
Pensé entonces en lo ingrato que somos, en lo materialistas y elitistas en los que nos convertimos con el paso del tiempo. Tras reflexionar sentí una especie de vergüenza propia por querer auto convencerme de que mi nivel cultural aceptable es mucho más refinado si conozco a consagrados escritores, virtuosos compositores o espectaculares bailarines que si me paro, al menos, cinco minutos en contemplar a los que la fama ni siquiera le ha dado la oportunidad de demostrar su inconmensurable talento. Personas que además con generosidad inusual en una raza que poco a poco tiende hacia el egoísmo histérico regalan a cambio de casi nada, quizás sólo por un gesto caritativo que suena a metal de poco valor, algo tan grandioso como es el arte. Para ellos no había fronteras.
Hoy, al menos por un segundo, he sentido la raíz que une lo humano y lo artístico. He comprendido lo difícil que es la evolución humana sin el conocimiento de los placeres sensoriales. Difícil es la cuestión de enmarcar la etimología de la palabra arte, una descripción atrevida, osada y subjetiva que nunca convence. Lo que si bien es cierto es que el arte no deja indiferente a nadie y nadie por lo que veo se es más que nunca en los albores de nuestra existencia. Así pues, me gustaría ser nadie por mucho tiempo y regalarme a diario lo bello y hermoso que nos rodea en la hipertensión surrealista en la que vivimos por norma. Evadir un problema efímeramente sentado en un macetón de Tetuán ha sido, sin duda, uno de los mejores espectáculos que he visto en mucho tiempo.

Sevilla, la ciudad alegórica

Son dos y nacen de tus entrañas. Dos que pasan desapercibidos para la mayoría de los propios y los extraños. Sois dos tan bellos, eternos y hermanados. Dos que tanto estrago causan en las vidas de todos, a la vez temidos y ansiados. Dos que sabéis salvaguardar la esencia de la humanidad. A veces ambiguos, capaces de sacar lo mejor de las personas y en muchas otras ocasiones desentrañáis los más bajos y peligrosos instintos intrínsecos al ser. Ambos con tanta capacidad de acción. Tanta que puede cegar y hacer creer al mundo que la razón te sucumbe cuando es realmente la propia locura la que aturde tu mente insana. Sois dos que usados con benevolencia alcanzáis la perfección y la casi plena felicidad. Es exiguo el escalón que separa todo lo anterior del abismo más absoluto. Y Sevilla os alberga, quizás su propia historia que la hace heroica e invicta le de la suficiente valentía para haceros de hogar.
Eres tú, la fe y también tú, el amor. Ambos, divinos y crueles sentenciáis nuestras vidas con veredictos justos e injustos. Pero aquí separados por calles y alegóricos aguardáis en vuestros templos y de manera sutil sois alfa y omega de una de las pasiones más clamorosas de la ciudad. Quizás Sevilla no se de cuenta, pero tanta heroicidad se le escapa por las aguas en las noches de luna llena de una santa semana.
Es usted, el amor, quién muestra la redención de la locura ante los ojos de todos los que aguardan a las puertas de la colegiata de El Salvador. Es Domingo de Ramos y en Sevilla todo se hace amor. Pero no se pierdan en la magnífica talla de Juan de Mesa, no, no es ese el amor al que me refiero. Deberán escudriñar bajo los pies del señor, ahí en la trasera de la cruz dónde se esconde para no asustar a Sevilla. Ahí escondido, apacible, pero a la vez lleno de fuerza, hallas la plenitud. Amor, ese que se encarna en la sangre derramada para otros, ese amor que descubre tus propias entrañas y arrancas tu piel a tiras para que beban directamente de tu sangre. Amor que alimenta a los demás mientras tú languideces ante el fatal desenlace. Amor de ese pelícano descubriendo sus plumas llenas del líquido vital para que sus vástagos se alimenten de sus vísceras. ¿Puede caber más amor que en esa simple alegoría? Y pasa desapercibida porque muestra lo temerario del amor. Y Sevilla sabe ser sede de su custodia, pero desea mantener su vanidad intacta y por eso lo esconde en un detalle tras el barroco deslumbrante. Pero el amor sabe que no necesita más espacio, es tan fuerte y voraz que sólo el que descubre su escondite entiende el porqué de muchas de sus incógnitas.
Pero no está sólo, tanta fuerza no sería capaz de sobrevivir sin una contraposición, con un álter ego que lo haga más grande aún, si cabe. Pues no existe amor sin fe, y la fe por suerte o desgracia es completamente ciega. Ciega porque no ve, pero cree. Ciega porque no necesita de actos, sino de esperanza de hallar lo verdadero. Ciega porque es tan grande e inexplicable que no puede teorizar su propia esencia. Es fe y es ciega, tan ciega que la hace tímida, tan ciega que busca su propio refugio en la eterna Sevilla. Y aunque está ahí, parece que no está. Y si es amor todo lo que comienza es fe todo lo que acaba. Fe que el sábado santo recibe los rayos vespertinos en María Auxiliadora. Paso tras paso en un rachear continuo portando el velo ante los ojos, un velo que no ha de caer. Velo que sirve de muro para no ver la misma realidad.
Amor y fe, no sería lo mismo de Sevilla sin dos de las grandes alegorías de la humanidad. Despejando el sentir religioso, libre e individual, tanto amor como fe están presentes en todos y cada uno de nosotros. Son tantas las veces que los tememos y tantas otras los ansiamos que escondidos nos vigilan. Ellos, menos dados a la opulencia y el postureo, tímidos porque su propia seguridad y costumbre los hace verdaderos y están exentos de demostrar su poder nos exorcizan para poseernos. Puede ser que sea una de las razones por las que Sevilla sea la ciudad de la alegoría. Puede que la bella Híspalis sea invicta y heroica por su noble lealtad a servir de testaferro de estas dos grandes fuerzas que nos superan. Amor y fe por siempre y que la bendita locura del desconocimiento atrevido nos otorgue lo que la vida nos tenga deparado.

Noticias

Letras y Opinión

Fotos

Monumentos