26 dic 2014

De tu sombra mi belleza

Si en el antiguo Egipto se comenzaron a popularizar algunos de los modelos más primarios de sombreros, fue en la Grecia clásica dónde aparecieron con más fuerza y el gorro frigio se convirtió en símbolo de libertad ya que era el complemento que reconocía a los esclavos liberados. Aunque bien es cierto que el sombrero se populariza sobre todo en Francia en tiempos de Carlos VI con el principal fin de protegerse de la lluvia. Pero décadas y siglos después el noble arte de la sombrerería fue distinguiéndose y convirtiendo poco a poco a los sombrereros en nuevos artesanos cuyos modelos no sólo tenían la finalidad de proteger al portador de la lluvia o el sol, sino que incluso se crearon modelos que distinguían el estatus y nobleza del que lo lucía.
Aunque sería imposible abarcar la historia de la sombrerería, sí hay algo cierto es que actualmente el sector cuenta con un prestigio alcanzado por haberse convertido en un complemento perfecto de actos nobles. Si es el hipódromo de Ascot uno de los eventos anuales más conocidos dónde es el sombrero el complemento estrella, aquí en España bodas y actos oficiales han dejado un escenario perfecto para lucir estos tocados y sombreros.
¿Y Sevilla? Pues no podía ser menos, es una ciudad que cuenta con una serie de casas de sombrerería con algunos artesanos que siguen ejerciendo este precioso oficio. Como asevera el refranero patrio ‘para muestra un botón’ y en plena calle O’Donnell nos encontramos con el atelier o taller del joven José Luis Carreño. Si la ilusión y el buen hacer de esta profesión tiene un nombre y un sitio en la eterna Isbilia, sin duda, reside en esa céntrica calle. Desde su más tierna juventud, aunque a sus 29 años, ésta,  todavía no lo ha abandonado, pensó en formarse en el complicado mundo del diseño y la confección lo que llevó que tras su paso por la Universidad perfeccionara la técnica aprendida en la escuela de confección de Jerez en la siempre glamurosa y cuna de la moda Milán. Y fue en ese lugar dónde con un sombrerero inglés aprendió el oficio y hoy en día mujeres de muchos rincones de Andalucía y algunas también de fuera confían en la marca que José Luis ha logrado labrar a base de esfuerzo y tesón, CUKKI. Junto con JLu Zambonino ha logrado que la mujer atraviese el umbral de su taller vestida, nunca mejor dicho, de pies a cabeza.
IMG-20140530-WA0003En una tarde de calor o quizás de lluvia y ¿por qué no? puede que con el azahar florecido el joven gaditano aventura en la Híspalis de rancio abolengo configurar un taller de sueños para clientas que buscan la elegancia de las cosas bien hechas, dónde el estilo y el saber hacer de sus maravillosas manos hacen que salgan elaborados sombreros y tocados que vestirán las cabezas de estas damas en bodas, actos sociales y fiestas. Nada mejor que confiar en Carreño que además de instruido y luchador es capaz de sacar el mejor partido a la mujer.
Cuántas horas entre plumas, lentejuelas, mallas y fieltros, materiales nobles de seda, bordados y demás piezas para con ganas y fantasía crear y seguir creando, innovar y hacer de cada pieza algo especial. Sus dedos poco a poco dan forma a uno de esos sombreros y en algún lugar una mujer sueña con ¿cómo será el complemento perfecto que adornará mi cabeza? Y sin saberlo, en el centro de la vieja Sevilla un chaval está recogiendo ese sueño y comenzando a moldear la nueva pieza que lo hará realidad.
Como José Luís es Andalucía tierra de sombreros y además algunos de propia hechura, el cordobés, el cañero y de ala ancha, el de paja, sombreros que visten las cabezas con historia, desde los utilizados para el toreo, la feria o el campo, hasta los prendidos para los mejores y más factuosos eventos. El sombrero, sin duda, y sus artesanos conforman un oficio al que le esperamos una larga y próspera vida. Y así la sombra que cobija a los portadores de un sombrero se hace belleza, se hace distinción y cumpliendo con su función el sombrero es y seguirá siendo el que reparta desde glamour en una fiesta hasta el alivio a un jornalero bajo el sol candente de esta bendita tierra del sur. Pero siempre será una cosa, parte de un momento y por consecuencia ligado a toda una vida.

*Fotos cedidas por JLu Zambonino

Navajas con hojas de espejo

origin_10153220726Carmen está tranquila. En la cocina la válvula de la olla ha comenzado a despedir los humos del magnífico cocido que está preparando para el almuerzo. Sus hijos saldrán en breve de sus aulas y el esposo pronto terminará su jornada en el tajo. Asomada en la ventana le sorprende un silbido, un silbido que no sale de los labios de una persona, es un sonido más agudo, acompasado y dejando caer el aire en las últimas notas. Pronto, observa como ese canturreo es cada vez más próximo y dónde la vista comienza a alcanzarle ve como un señor de una mediana edad pero ennegrecido por su exposición a los rayos del sol ataviado con unas ropas limpias, pero de antiguas modas, se aproxima con un pequeño y viejo ciclomotor en cuya parte trasera porta un artilugio que movido con un pequeño motor es la herramienta principal de su trabajo. Y así, Carmen apresurada abre uno de los cajones de la cocina y rápido baja las escaleras del segundo piso donde vive, al llegar a la calle se acerca a ese señor y le ofrece un ramo de cuchillos y tijeras, el afilador, amable, la saluda y comienza con su tarea.
Si existe una profesión de esas de antaño, profesión de rancia tradición y de notable carácter rural que aun hoy día es posible observar en ciudades como Sevilla esa es, sin lugar a dudas, la de afilador o ‘afilaó’. En la Sevilla de las Setas de la Encarnación, de la Torre Pelli y la moderna Isla de la Cartuja, en esa Sevilla de lo retro moderno del Arenal y la Alameda, en la Sevilla que se empeña, con acierto, en modernizar lo que siempre ha sido en su esencia, una urbe provinciana que ha sabido captar nuevas esencias, ahí, en esa Sevilla todavía vemos por las calles de sus barrios, esos barrios que se impregnan de olores varios a la hora del almuerzo a un señor pasear por sus plazas al grito de -”El afilaooooooooooor”-. Y si hay suerte, alguna ‘maría’ le gritará por el balcón o correrá apresurada a solicitar sus servicios.
Este personaje de la España burlonesca, de esa España del ‘Lazarillo de Tormes’, ha sabido superar a la historia y trascender en el tiempo. Ahora quizás en coches y no a pie, en motocicletas y no en burro, los afiladores siguen subsistiendo en una época en la que las nuevas tecnologías han sabido superar este tipo de servicios, aun así, la figura del afilador se ha convertido en un emblema no institucionalizado pero sí aceptado por el devenir de los tiempo.
Si bien es cierto que los cuchillos, hachas y tijeras que pasan por las manos de estos trabajadores de la tradición quedan relucientes, afilados y listos para cumplir con sus funciones, no menos cierto es que se han granjeado con un halo de negatividad y la superstición ha hecho de ellos augurio de mal agüero. Entre otras cosas muchos son recibidos con un malsonante y poco gustoso -¡Los muertos del afilador!-. Otros, sin embargo, de una manera más fina, cuando escuchan la estridente flauta de estos señores atinan a tapar su cabeza con el primer trapo que encuentran. Supersticiones a parte, los afiladores han asumido que en el imaginario colectivo se haya quedado este halo de mal fario, pues, al fin y al cabo, afilan herramientas que bien pueden ser utilizadas para su uso primigenio como para mal usarlas y hacer el mal. También han trascendido a cantares populares como en el juego infantil en el que una cancioncilla dedicada a estos artesanos es el hilo conductor de su operativa.
Sea como fuere y sin conocer realmente el por qué de que esta tradición haya sido capaz de trascender en el tiempo, con este artículo se pretende hacer un homenaje a esas personas que han decidido arriesgar su labor a afilar las navajas y demás aperos, aun a riesgo de ser objetos del recelo supersticioso. Afiladores que a día de hoy llenan las calles y plazas de los barrios de la Sevilla eterna de esa ciudad de esencia que tanto gusta al sevillano y visitante. Si por un sólo momento esta bonita profesión aporta magia a la tradición no cabe más que desearle una larga y próspera vida. Además felicitar a todos los afiladores que con sus flautas y su grito particular hacen despertar a las nuevas generaciones de lo pronto y rápido y quizás alguno reflexione y pregunte a sus mayores que quiénes son y qué hacen estos señores. Si sirven además de para afilar para despertar el entusiasmo de conocer de niños y jóvenes sean todos bienvenidos y no dejen de afilar esta bonita tradición.

Tejiendo el amor

Las arrugas muestran surcos de experiencia en unas manos que con mucho amor asen dos agujas y un ovillo de lana, punto a punto hileras de lazos perfectos y simétricos van configurándose. No pocos han sido los metros de madejas que esta buena señora ha transfigurado en chalecos, rebecas, pololos o patucos. Como si de una parca que nunca deja de tejer los hilos de una nueva vida, la abuela que tras la buena nueva no piensa más que en rellenar esa canastilla matriz de necesidades cubiertas en primera instancia del que será el vástago querido de su eterna protección.
Así pues, abuelas van trabajando su estatus en la vida del que está por nacer y desde la primicia, la buena señora, no piensa en otra cosa y con mimo y dulzura, pero sobre todo con ilusión va tejiendo con amor cada una de las puntadas que de esas agujas van saliendo. Ancestral son las artes de la costura y el tejido, milenarias las técnicas que bordan con diferentes formas y motivos las prendas, tantas como el amor que se profesa hacia este escalón de la línea genealógica.
Sin embargo, nunca es suficiente, siempre puede haber más y surgen los dilemas. ¿Qué color utilizo? ¿Rosa para la niña, azul para el niño, neutros como el amarillo o el verde? ¿Pongo lazos, no los pongo? Cuestiones, a priori, intrascendentes, pero una vez en la mercería, esta buena señora, interroga y aborda casi desaforada al tendero, cree que su ilusión es la única existente en ese momento, no considera que pueda haber otras abuelas en la retaguardia con la misma sensación. Pero el sabio e instruido tendero es hábil y conoce a la perfección el trato que ha de dar a estas buenas mujeres y todas, a buen seguro, sonríen con su bolsa al atravesar el marco de la puerta.
Desde la antigüedad las mujeres se reunían para tejer juntas. Configuraban así pequeños club sociales en los que intercambiaban impresiones, emociones y por qué no decirlo alguna que otra habladuría. Es una buena y preciosa costumbre que cada vez está más en desuso. Quizás la costura o el punto ha quedado relegado a talleres esporádicos que los Ayuntamientos o las Juntas de Distrito ofertan a los vecinos para rescatar, aunque sea de una manera efímera, esta bonita costumbre. Ni que decir tiene que son las féminas las verdaderas portadoras de la técnica aunque no estaría mal que los hombres se acercaran a este maravilloso mundo de creación. Pero todavía existen algunas casas, algunas abuelas de esas de otras generaciones anteriores que no pierden esta sana costumbre y en la sociedad del consumismo que no sabe apreciar lo costoso y la calidad de este tipo de prendas hay, aun, un atisbo que hace perdurar en el tiempo las agujas bajo las axilas y la madeja entrevista entre una bolsa que se aloja en el suelo junto a una mecedora o sillón, baluarte perfecto para ejercer la bella profesión.
En las profesiones artesanas las de estas abuelas que tejiendo el amor hacia sus nietos son únicas tiene una digna mención y además merece alegato de salvación por parte de los defensores de las tradiciones. Nuestra primera ropa, ese primer chaleco que nos coloca nuestra madre antes de salir del hospital maternal, esos gorros y bufandas en los primeros días del otoño y esos baberos que tantas cucharadas han aguantado salen de las manos de estos seres primorosos que son las abuelas. Así, el orgullo y la simbiosis es total, portar una prenda tejida a mano, por esas manos, es algo que nunca te harán olvidar y, ¿quién sabe?, algún día tus propios hijos pueden aprovecharlos y orgulloso promulgarás a los cuatro vientos el nombre de la artífice de tan bella prenda y sentirás orgullo, quizás nostalgia.
Al fin y al cabo somos hijos de la tradición, en primera y última instancia y a pesar de las vicisitudes, la modernidad, el ritmo frenético y la loca sociedad de la imagen y la comunicación no hay mensaje más bello que el que transmite el olor de esa lana que tras lavados ha adquirido una personalidad propia, un olor que transportará al más olvidadizo hacia esas manos, hacia ese regazo y hacia esas bellas arrugas que supo protegerlo del frío y el calor a base de un punto tras otro, de un hilván y un brocado. Esas manos que tejiendo el amor devorarían por ti hasta al mismo diablo.

21 oct 2014

Vigías del tiempo revuelto

Unos lejanos perfiles se dibujan en el horizonte, son bellos, pero un tanto desproporcionados.Algunos de matrícula extranjera se asombran con tan imponente sombra bidimensional. Fiel testigo del devenir de los tiempos, se aferran a sus pilares sin cambiar un ápice su bravura ni su pose elegantemente vanidosa. Nacido para ser de anuncio, concebido para extrapolar los valores de una de las marcas de caldos más famosas del mundo. Siempre resistió cualquier viento, lluvia, tempestad o altas temperaturas. Impertérrito, quieto, pero a la vez muy vivo. Dijo el viejo sabio  Machado, que no hay camino sino que se hace camino al andar y él, incluso en su quietud, ha hecho ese lento pero importante camino del reconocimiento.
 Puede que ese mismo horizonte no quede huérfano y que, aunque en la lejanía, la compañía se haga presente en la silueta de otra bella anatomía. Con el mismo fin, con parecido en el devenir, con la misma vigilancia, pero quizás menos recia e imponente. Más comedida y festiva ha sembrado otros escenarios con las reminiscencias de su esencia. Su nombre es patente en cualquiera de las fiestas y tradiciones más arraigadas de la soberbia Andalucía. Aliada además de hosteleros de buen gusto y refinadas costumbres.
 Saben vestir páramos yermos y se hacen dueños y señores de grandes y largas rectas de asfalto aburridas. Él con toda su varonía en esplendor, ella con el ala ancha por bandera. Él que sirve de escudo a una bandera y ella que es símbolo de una cultura. Ambos forman el maridaje perfecto para trascender de su originaria concepción a un alto grado de aceptación común como adalid de un sentir, de una patria de una madre tierra.
 Ellos que estuvieron flanqueados en su nacimiento por letras en las que servían de un simple elemento más de una campaña publicitaria de vinos, Osborne uno, Tío Pepe la otra. El toro y la botella humanizada con sombrero cordobés, chaquetilla de corto y guitarra en mano, eran prototipo de una incipiente industria que comenzaba a resurgir en la denostada España de las películas del destape o las de playas repletas de suecas y alemanas. Fiel símbolo de una patria de vino y pandereta.
 Y es ahí, precisamente, donde reside su afortunada reputación. Después de pertenecer a ese chovinismo chabacano han sobrevivido al devenir de la propia historia revuelta de su España querida. Ahora, protegidos ambos como símbolo cultural, han dejado de ser imagen de una marca comercial para convertir en historia a sus esculpidos perfiles. Como el pollino en Cataluña o el gallo en la vecina Portugal, el Toro de Osborne y la Botella de Tío Pepe son santo y seña de la España de todos, de los que vivieron una triste y larga guerra civil, de los que sobrevivieron a cuarenta años de represión indeseable, de los que asistieron expectantes a una Transición modélica y los que llevan incluso algunos reyes y papas a sus espaldas.
 A pesar de los pros y los contras con los que viste la historia, sobrevivir como símbolo de unión y ser capaz de pasar a ser de la noche a la mañana de producto a talismán es algo que pocas veces ocurre. Razón más que merecida para reflexionar cuando de camino por cualquier carretera de la red nacional se divisan estos preciosos carteles. Mirarlos con los ojos de su valor, con los ojos de lo que han sido y lo que son. Servir de ejemplo inerte, pero vivo a la vez, de la superación, del devenir y el cambio.
 Deben ser óbice de compromiso con uno mismo. Transformarnos continuamente con el afán de mejorar, dejar nuestra huella, nuestro perfil y ¿quién sabe? Algún día poder convertirnos en signo o símbolo de una comunidad que identifique nuestro esfuerzo como valor, seamos ese toro o esa botella. No quedemos inmóviles aunque estemos anclados a nuestra silla, aunque nos aten y amordacen, pues el tiempo jamás deja de ser revuelto y el triunfo, puede ser, se halle más cerca de lo que pensamos.

Las fronteras del arte

Quizás un paseo normal, el entorno habitual por el que pasan todos los días cientos, quizás, miles de personas. Las mismas aceras, los mismos árboles y los mismos escaparates. El tiempo parece no hacer mella en el devenir de un escenario que se antoja eterno. Vuelves a doblar la esquina y la misma escena se vuelve de nuevo a repetir. Puede que hoy el cielo esté más gris y plomizo que otros días, pero, al fin y al cabo, eso cambia muy poco la monotonía instalada en el cuadro.
Casi a diario repetimos patrones de rutas, hábitos y ¿cómo no? casi vitales. Pero la simpleza hace que los escudos aparezcan y que la necedad no nos deje disfrutar de los regalos con los que nos propina la vida en cualquier centímetro del orbe terrestre. Quizás los adultos estamos tan inmiscuidos en nuestros quehaceres, nuestros problemas y nuestros pensamientos bombardeantes que no sabemos que a escasos centímetros se nos escapa algo que ya no alcanzamos siquiera a comprender.
Ayer salí de casa con una acusada proposición de mirar el más allá de lo cotidiano. Fue entonces cuando descubrí cosas maravillosas. Ayer me paré, y no perdí el tiempo, puede que todo lo contrario, ya que volví a encontrar una parte de mí que hacía tiempo no alcanzaba a hallar. Sentado en uno de los macetones metálicos plantados con esmero en la céntrica y preciosa calle Tetuán de la capital hispalense, me regalé miradas de admiración, miradas que satisfechas arrojaban meritoria atención hacia personas que nos regalan cosas hermosas y que poco o nada paramos a atenderlas.
Fueron muchos los niños que pasaron frente a mi improvisado asiento, muchos y de diferentes nacionalidades, edades y tipos de piel, pues era época de mucho trasiego de turistas, pero todos y cada uno de ellos entendían el lenguaje, todos y cada uno de ellos asombrados giraban sus cabecitas en los carros o seguían con su mirada para no perder de vista tan magistral interpretación. Ahí, frente a mí un violinista, un acordeón o una señora que baila al compás de unas palmas. Ahí frente a mí uno de los escenarios más hermosos del mundo. ¡Gratis! La mayoría de los adultos poco reparaban en el espectáculo, algunos, quizás, proferían una ligera mirada, otros tan siquiera tuvieron la sensibilidad de saber que existían. Pero todos, sin excepción, todos los niños se emocionaban al ver tan precioso regalo. Ellos sí que sabían conectar en lo más sincero de su ser con el artífice de tan loable actividad callejera. Todos, sin excepción, se alejaban con ganas de quedarse. Todos mimetizaban con la esencia de la belleza. En definitiva, todos esos seres inocentes, incorruptos hablaban con los ojos del arte.
Pensé entonces en lo ingrato que somos, en lo materialistas y elitistas en los que nos convertimos con el paso del tiempo. Tras reflexionar sentí una especie de vergüenza propia por querer auto convencerme de que mi nivel cultural aceptable es mucho más refinado si conozco a consagrados escritores, virtuosos compositores o espectaculares bailarines que si me paro, al menos, cinco minutos en contemplar a los que la fama ni siquiera le ha dado la oportunidad de demostrar su inconmensurable talento. Personas que además con generosidad inusual en una raza que poco a poco tiende hacia el egoísmo histérico regalan a cambio de casi nada, quizás sólo por un gesto caritativo que suena a metal de poco valor, algo tan grandioso como es el arte. Para ellos no había fronteras.
Hoy, al menos por un segundo, he sentido la raíz que une lo humano y lo artístico. He comprendido lo difícil que es la evolución humana sin el conocimiento de los placeres sensoriales. Difícil es la cuestión de enmarcar la etimología de la palabra arte, una descripción atrevida, osada y subjetiva que nunca convence. Lo que si bien es cierto es que el arte no deja indiferente a nadie y nadie por lo que veo se es más que nunca en los albores de nuestra existencia. Así pues, me gustaría ser nadie por mucho tiempo y regalarme a diario lo bello y hermoso que nos rodea en la hipertensión surrealista en la que vivimos por norma. Evadir un problema efímeramente sentado en un macetón de Tetuán ha sido, sin duda, uno de los mejores espectáculos que he visto en mucho tiempo.

Sevilla, la ciudad alegórica

Son dos y nacen de tus entrañas. Dos que pasan desapercibidos para la mayoría de los propios y los extraños. Sois dos tan bellos, eternos y hermanados. Dos que tanto estrago causan en las vidas de todos, a la vez temidos y ansiados. Dos que sabéis salvaguardar la esencia de la humanidad. A veces ambiguos, capaces de sacar lo mejor de las personas y en muchas otras ocasiones desentrañáis los más bajos y peligrosos instintos intrínsecos al ser. Ambos con tanta capacidad de acción. Tanta que puede cegar y hacer creer al mundo que la razón te sucumbe cuando es realmente la propia locura la que aturde tu mente insana. Sois dos que usados con benevolencia alcanzáis la perfección y la casi plena felicidad. Es exiguo el escalón que separa todo lo anterior del abismo más absoluto. Y Sevilla os alberga, quizás su propia historia que la hace heroica e invicta le de la suficiente valentía para haceros de hogar.
Eres tú, la fe y también tú, el amor. Ambos, divinos y crueles sentenciáis nuestras vidas con veredictos justos e injustos. Pero aquí separados por calles y alegóricos aguardáis en vuestros templos y de manera sutil sois alfa y omega de una de las pasiones más clamorosas de la ciudad. Quizás Sevilla no se de cuenta, pero tanta heroicidad se le escapa por las aguas en las noches de luna llena de una santa semana.
Es usted, el amor, quién muestra la redención de la locura ante los ojos de todos los que aguardan a las puertas de la colegiata de El Salvador. Es Domingo de Ramos y en Sevilla todo se hace amor. Pero no se pierdan en la magnífica talla de Juan de Mesa, no, no es ese el amor al que me refiero. Deberán escudriñar bajo los pies del señor, ahí en la trasera de la cruz dónde se esconde para no asustar a Sevilla. Ahí escondido, apacible, pero a la vez lleno de fuerza, hallas la plenitud. Amor, ese que se encarna en la sangre derramada para otros, ese amor que descubre tus propias entrañas y arrancas tu piel a tiras para que beban directamente de tu sangre. Amor que alimenta a los demás mientras tú languideces ante el fatal desenlace. Amor de ese pelícano descubriendo sus plumas llenas del líquido vital para que sus vástagos se alimenten de sus vísceras. ¿Puede caber más amor que en esa simple alegoría? Y pasa desapercibida porque muestra lo temerario del amor. Y Sevilla sabe ser sede de su custodia, pero desea mantener su vanidad intacta y por eso lo esconde en un detalle tras el barroco deslumbrante. Pero el amor sabe que no necesita más espacio, es tan fuerte y voraz que sólo el que descubre su escondite entiende el porqué de muchas de sus incógnitas.
Pero no está sólo, tanta fuerza no sería capaz de sobrevivir sin una contraposición, con un álter ego que lo haga más grande aún, si cabe. Pues no existe amor sin fe, y la fe por suerte o desgracia es completamente ciega. Ciega porque no ve, pero cree. Ciega porque no necesita de actos, sino de esperanza de hallar lo verdadero. Ciega porque es tan grande e inexplicable que no puede teorizar su propia esencia. Es fe y es ciega, tan ciega que la hace tímida, tan ciega que busca su propio refugio en la eterna Sevilla. Y aunque está ahí, parece que no está. Y si es amor todo lo que comienza es fe todo lo que acaba. Fe que el sábado santo recibe los rayos vespertinos en María Auxiliadora. Paso tras paso en un rachear continuo portando el velo ante los ojos, un velo que no ha de caer. Velo que sirve de muro para no ver la misma realidad.
Amor y fe, no sería lo mismo de Sevilla sin dos de las grandes alegorías de la humanidad. Despejando el sentir religioso, libre e individual, tanto amor como fe están presentes en todos y cada uno de nosotros. Son tantas las veces que los tememos y tantas otras los ansiamos que escondidos nos vigilan. Ellos, menos dados a la opulencia y el postureo, tímidos porque su propia seguridad y costumbre los hace verdaderos y están exentos de demostrar su poder nos exorcizan para poseernos. Puede ser que sea una de las razones por las que Sevilla sea la ciudad de la alegoría. Puede que la bella Híspalis sea invicta y heroica por su noble lealtad a servir de testaferro de estas dos grandes fuerzas que nos superan. Amor y fe por siempre y que la bendita locura del desconocimiento atrevido nos otorgue lo que la vida nos tenga deparado.

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