4 ago 2015

Efímero

El comienzo es lo más importante de una buena base. Sí, son los comienzos los que hacen que la vida se presente sólida y que los sueños tengan una buena estructura para hacerse realidad, pues los sueños, al fin y al cabo, son imaginables y fruto del trabajo de nuestro conciencia y como dicen algunos viejos sabios todo lo que nos podamos imaginar es posible. Es por ello que fabricar un buen comienzo a base de sueños es la clave para mantener una vida plena y en constante búsqueda del bienestar.
Otra de las claves para que la vida no se convierta en algo soporífero y nauseabundo es vencer los obstáculos del día a día con la mayor de las sonrisas y dedicar a los asuntos importantes sólo el espacio que se merecen. Así pues, se debe tener en cuenta que lo verdaderamente importante es mantener intacta tu integridad y tu dignidad como humano. Es imprescindible, para ello, vencer los miedos y al que intente amedrentar responderle con el desdén de la simpática ironía.
Quizás las muchas premisas que nos han hecho creer como ciertas la propia experiencia se encarga de desvelar la gran equivocación en la que se hallan. Pues, no siempre lo que mal empieza mal acaba y mucho menos lo que bien empieza dura para siempre. Son las propias personas las que con sus actos y su capacidad de entrega son, o no, capaces de hacer de algo que su eternidad sea una realidad o simplemente que lo efímero se adueñe de todo, pero nada tienen que ver los comienzos y las circunstancias que a estos le rodearon, pues del mayor suburbio nace el genio y de las mejores familias el maleante.
A tenor de lo difícil de la vida, de lo difícil de emprender nuevos proyectos, de la dificultad que entrañan los cambios y la dificultad que acarrean las pérdidas tanto humanas como materiales, así como, sentimentales es el ser humano el que con su fortaleza débil debe hacer frente y crecer en la adversidad. Leí en una ocasión que la cuestión es seguir caminando, no parar nunca. Los pies no deben estar nunca estancados en el mismo metro cuadrado a pesar de que la nueva zancada pueda ser el preámbulo de un tropiezo o el principio de un camino pedregoso, pero para eso estamos, para sortear, vencer, seguir y no parar nunca. No importa dónde quieras o puedas mirar, pero hazlo siempre al frente, ten horizontes y no creas que porque el sol llegue al ocaso la luna va a dejar de reinar el cielo. Por eso, es preciso saber que nunca existe la oscuridad cuando los corazones albergan esperanza.
Y el amor, el amor juega en esta liga y ¿quién entiende el amor sin complicaciones? Es necesario para que el amor tenga sentido que las cosas no sean del todo fáciles. Es muy necesario que el amor quizás no haya empezado a caminar con el pie derecho y es incluso posible que el amor haya surgido de un tumulto de circunstancias desordenadas. Pero el amor, el amor sabe cuándo es verdadero, sabe perfectamente cuando la balanza se decanta por el lado positivo y que lo malo que pueda entrañar son obstáculos de bajo nivel. Es el amor el que mantiene vivos a los seres humanos y el amor nunca tiene fin, nunca tiene epílogo, nunca acaba, incluso es inmortal.
Este final es el principio de todo, es un final con punto y seguido, ya que es difícil perseguir a la eternidad y darle caza. Es el principio de todas las cosas maravillosas y las que no lo son tanto. Es el principio del primer día en el que decidimos vivir con otras metas, el principio de la voluntad de ser mejores seres humanos y mejores parejas y mejores hijos y amigos. Este epílogo es la auténtica verdad y despoja de falacias y mentiras la demagogia que nos mueve para ser sociales y admitidos. Si hemos llegado hasta aquí, si el cosmos se alineó para que nacieras, probablemente, no sería casual, pues todos tenemos nuestra particular misión, pero depende mucho de la voluntad individual si asirla o rendirse en la adversidad. Los sueños son parte de esta misión, atento a tus sueños tanto a los oníricos como a los que tienen su fase REM durante la vigilia serás más sabio, serás más humano y serás más valiente. Pues no hay algo más hermoso que ese final con esencia de principio infinito.

El tejado, el gato y el tiempo

Tranquilidad y sueño penden del tejado mugriento por el devenir del tiempo y la tormenta y los estragos del musgo invernal que recalcitran las tejas dejando un aroma añejo y una estampa de tiempos pretéritos se hacen dueño de la estampa.
Por los factores de la escena bien podría tratarse de una casa en ruinas, o simplemente de un edificio dejado al abandono, pero, ¿no es quizás el tiempo y los estragos del mismo los que nos hacen ser quienes somos? Seguramente, ese tejado esté cuidado por un mimo anacrónico que deja que sea el devenir el que dé su aspecto y personalidad, esa muestra, es evidente al contemplar como sirve de lecho a un precioso gato al que poco importan las cicatrices del reloj. Pues, el felino descansa acolchado entre las tejas y poco o nada parece importarle su entorno ¿o sí?
Circunstancias varias son las que nos convierten en unas personas u otras. Es nuestro propio tiempo el que vaticina con nuestros actos y vivencias como será el tejado que nos cobije en el futuro. Ya que nadie está exento de la senectud que trae consigo cada segundo, hora, día y año que pasan por nuestros cuerpos, por nuestras mentes, por nuestro ego debemos concienciarnos. Sin duda, somos fruto de acontecimientos, nacemos de un producto que fabricamos cada día con nuestra percepción particular de las cosas. Somos alguien y lo somos para otros “álguienes”  del mismo modo que no existimos para multitud de seres. Así es la vida y así la vivimos casi sin darnos cuenta.
Mientras tanto, el hilo se va enmadejando en su ovillo de la rueca de una de las parcas que decide cuán largo o corto ha de ser. Tiempo que debemos no perder en raspar el musgo que nos va creciendo, ni preocuparnos por las lluvias tormentosas que nos mojan, ni por los posibles descuelgues de nuestras tejas y ser conscientes de que podemos ser el remanso de paz o el lecho de un gato caprichoso que sólo quiere el mejor lugar para descansar y el cuál, poco o nada, tiene que ver con la apariencia, sino con la calidad.
Así pues, sepamos cubrir cada día las necesidades de los propios y extraños, aprendamos a sabernos sabios y únicos, erijamos nuestras tejados en la grandeza del horizonte y destaquemos por nuestras veletas que sepan señalar el norte al que se halle perdido.
Al fin, poco quedará de nuestro legado, pues el devenir cederá en el tejado y las vigas caerán, se desplomarán las escayolas, se volatizarán las tejas y el edificio quedará derruido. Aunque siempre permanecerá el espacio, ¡sí! el espacio siempre quedará, sirva como base para un nuevo edificio o para otros menesteres, pero la huella se hallará imborrable por siempre. Entonces, ¿para qué martirizar nuestra fachada cuando nada de eso quedará? Seamos felices y constantes y construyamos ese tejado mientras el tiempo nos beneficie y tengamos como objetivo ser cómodos y bellos para los que viven y se cobijan debajo de él y no marionetas de las vanidades del exterior que en tan podredumbre mundo se quedarán vagando por toda la eternidad.

La dirección de nuestra Carta

Todo comienza en la era de las cavernas, desde que el ser humano comienza a ser sapiens y busca a su alrededor cualquier manera de hacer la vida más cómoda, placentera y fácil.
Es cierto, todo comenzó ahí, pero pronto surgieron infinidad de controversias, pugnas y  luchas de egos. Pues también, desde de momento, el ser humano ha necesitado tener la opción de ejercer el poder y hacerlo de una manera llamativa con el tesón de buscar la admiración y el miedo de unos y el beneplácito y el consenso de otros.
De ese modo, la naturaleza humana se hace vasalla al imponer normas que acreditan su apellido de sapientes rindiendo pleitesía a la cordura para una grata convivencia y una consecución del bienestar común.
Por todo ello, se hace grande y se acuña el término de Constitución. Tan magna palabra nos hace partícipes de un proyecto común, constituir es formar, crear, dar forma, hacer algo. Así pues, esa tarea conlleva en sí misma la necesidad de poner cosas en común, de llegar a acuerdos, de hermanar pensamientos e hilar posturas comunes con el contrario. Es así como nacen las Constituciones como leyes comunes, aceptadas y dirimidas por todos los ciudadanos. Es nuestra manera de ser UNO, crear unidad y confraternizar con los semejantes que la aceptan como suya.
Pero como todo, la Constitución debe estar viva y arropar a mayorías y minorías, debe estar atenta a todos los miembros de su gleba. Debe servir de orgullo común y exhibirse en plazas, calles y avenidas. Constitución es algo más que norma, es un amuleto de la democracia. Así pues, la Constitución se convierte en la protagonista de bellos desfiles, de bellos perfiles y se aromatiza con el cambio de estaciones. Además, acoge nobles y enormes edificios, viejas catedrales y archivos que son patrimonio mundial. Pues, Constitución es más que una norma, es una arteria que mantiene viva a ciudades y que da aliento a la sociedad que la acoge.
Asimismo, debemos convertirnos en guardianes de la Carta Magna, hacer que la llama que de ella emana no se funda por un vendaval pasajero. Pues si difícil es consensuar la Constitución, más aún mantener los principios anquilosados en el tiempo. Ella es soberana de nuestros destinos de convivencia, de nuestros derechos y virtudes como ciudadanos y pueblo, pero además, debe ser garante de nuestro devenir y de nuestras nuevas necesidades, somos seres vivos y humanos, sapiens. Por ese motivo, a la Constitución se le exige ese nivel de vitalidad y progreso.
Llegados aquí, sólo nos queda felicitar a la nuestra, que el pasado fin de semana cumplió treinta y seis años.Como todo, encierra errores y aciertos, incluso puede que resulte anticuada, como esos padres de jóvenes adolescentes que comienzan a experimentar la vida, pero eso no los hace menos válidos ni a ellos ni a la Carta Magna. Aunque quizás, corriendo los tiempos que corren, bien se podría hacer un esfuerzo por adaptar sus renglones ‘atados y bien atados’ a las nuevas formas de vida de una sociedad que pide a gritos ser librepara evolucionar en lo que es algo natural desde que el mundo es mundo.

A través de la ventana

Era marzo, quizás abril ¿o septiembre? No sé, realmente no me acuerdo, pero no es el tiempo lo más importante en esto que os quiero contar, es el lugar y, sobre todo, la persona.
Si mal no recuerdo, contaba con tres años de edad. Yo, por ese entonces, vivía en el pueblo gaditano de Villamartín, de dónde soy y dónde me formé. Pero las circunstancias del destino querían que me enamorase de Sevilla ya que la vinculación que desde mi infancia me unió a ella era fuerte.Un día nos dispusimos a visitar a mi abuelo materno que trabajaba, por esas fechas, en el edificio de Telefónica que, aún a día de hoy, sigue estando en Plaza Nueva. Desde el principio, me impresionaron los enormes ventanales del edificio y la majestuosidad de aquella plaza que quedó grabada en mi memoria de por vida.
Quizás fue un simple paseo, pero para aquél niño pequeño la ciudad era más grande que para el resto de los mortales y a pesar de mi corta edad quedé maravillado con tan magnánimos edificios. Tras el recorrido por el centro nos dispusimos a ir al barrio de Miraflores. Allí, en la calle Conde de Halcón, mis abuelos tenían las últimas pertenencias empaquetadas y las cajas embaladas dispuestas para ser repatriadas al pueblo dónde volvían después de veinte años en la diáspora de destinos a la que habían sometido a mi abuelo en la empresa. Recordaré siempre, como un sueño, un azucarero naranja de plástico que saqué con mis propias manos de ese piso. Una vez se cerró la puerta los diez años que mi familia había habitado ese domicilio parecieron quedarse atrás.
Pero la esencia de Sevilla siempre quedó en mi retina y en mis pensamientos y el viaje que realicé de pequeño era sólo el preámbulo de lo que sería mi futuro. Pues cuando finalicé los estudios en bachillerato comencé mi andadura universitaria en la ciudad en la que siempre soñé vivir y en la que tiempo atrás tanta gratitud provocó en mis inmaduros pero férreos sentidos. Fue entonces cuando hice realidad uno de los mayores sueños de mi vida, ser periodista, y lo conseguí. ¡Vaya si lo conseguí!
Así pues, los vaivenes del propio devenir vital nos llevan hacia derroteros que, a veces, pueden ser poéticos si sabemos ver la belleza que encierran en su simpleza e inadvertida existencia. Y es eso precisamente lo que me pasó, que como un deja-vu pude contemplar desde otra perspectiva lo que los caminos nos llevan a andar. Si con tres años asombrado me quedé con los ventanales del edificio de Telefónica, más bucólica me pareció, aún, la imagen de ese maravillo edificio visto desde uno de los ojos de buey del palomar del Ayuntamiento de Sevilla, justo encima del arquillo dónde por estas fechas se ubica el portal de Belén del consistorio.
Habían pasado veinte tres años y el mismo sitio visto desde una perspectiva diferente me llenó de nostalgia. Recordé aquel día tan maravilloso en familia y el lugar en el que mi abuelo había aportado su labor profesional y ahora era yo el que contemplaba y el que trabajaba en ese sitio, bueno realizaba labor becada. Del mismo modo, pero desde las alturas cómo si el tiempo hubiese querido que volviese a ver ese tablero en el que estaba jugando, un tablero de ajedrez en el que había pasado de peón a torre, el recuerdo de mi abuelo sobrevolaba mis pensamientos.
Y quedó marcada en mi retina tan maravillosa estampa y nunca olvidaré ambos días y siempre quedaré embelesado con lo que esta bendita ciudad aporta y aportará a mi existencia. Y a través de la ventana comprobé como pasa el tiempo rápidamente y cómo el sino siempre es incierto, pero no por ello menos hermoso.

7 jul 2015

La mano de Goliat y el puño de David

Los tambores retumbaban en el valle desde el amanecer. Fueron los primeros rayos de sol los que advirtieron a los aldeanos de la fulgurante batalla que estaba por librarse. Como si de un Poseidón sin mares los tridentes se afilaban en ambas campañas y el destello de las ascuas despertaba la curiosidad de aquellos que habían madrugado para acoplarse en el mejor palco del patio de butacas.

Desde temprano, David comenzó a ataviarse con las corazas plateadas y endureció los nudillos de sus puños para encallarlos y servirse de ellos como herramienta perfecta para derrotar al temible Goliat. En un alarde de no quedarse rezagado el gigante de ébano empolvaba sus palmas de las manos ya que por la grandeza de su corpulencia no le hacía falta cerrarla para con la propia inercia de su movimiento derrocar a todo aquel que consideraba enemigo. Con semejante panorama la lidia se antojaba desproporcionada, pero David no desistía en su arrogancia y orgullo y a pesar de las vicisitudes estaba concienciado de que no intentarlo sería la verdadera derrota, pues, ¿qué tenía que perder?

Pronto comenzaron a abrirse las cortinas de ambas tiendas, los vasallos de cada bando, aunque en cantidad visiblemente sin equilibrio, vitoreaban a ambos contendientes y aplaudían la valentía que demostraban. Tanto el gigante de negra figura, como el imberbe caudillo formaron filas sin pestañear y el trofeo que se interponía entre ambos lucía con esplendor en el centro del campo de batalla.  

De repente todo se paralizó, sólo la respiración afianzada de los contrincantes, el sordo estallido de algún sollozo de compasión de las madres que arreciaban en el lugar, una brisa agorera del tedioso estío que se encontraba a la vuelta de la esquina y dos buitres que rondaban en el azul para recoger la carroña que sobraría tras la lucha se hacían su hueco. Al finalizar el último toque del tambor dio comienzo el vitoreado litigio.

Un Goliat tranquilo plantó su mano abierta como una tormenta de nubes ennegrecidas y con actividad eléctrica sobre el cuerpo de un David que se limitó a levantar su brazo con el puño bien cerrado que pronto quedó visiblemente hundido en la inmensidad de la extremidad del exacerbado rival. Los aplausos en las filas de Goliat apenas se manifestaron eclipsados detrás de sonrisas maliciosas que preconizaron cuál sería el resultado de la lucha y cuya presencia sólo se convertía en un acto de afianzamiento de su premonición. Todo acabó en cuestión de segundos. Al levantar la mano, David se hallaba muerto, las heridas eran mortales y el espectáculo pronto había acabado. Triunfante, Goliat, ante la plebe arrancó de raíz el pequeño acebuche de varas flexibles que servía como muestra de la victoria.

Cuando todos se hubieron alejado del lugar el cuerpo de David sólo quedó velado por sus escasos fieles que confiaron desde el principio en su triunfo, ahora contemplaban apenados como todos los esfuerzos habían sido en vano. Tal fue así que los buitres comenzaron a rondar a escasos metros del maltrecho cadáver.


Todo parecía acabado, pronto se esfumaron las esperanzas de aquellos que sólo confían en el aquí y ahora y ahora todo era desolación. Cuando también esos se alejaron, David, comenzó a respirar, con el puño aun cerrado alejó a los buitres carroñeros de sus maltrechas carnes, asió a sus compañeros y se levantó con la mejor de las sonrisas. Ahora, él sí contaba con la fidelidad y la lealtad, ahora era cuando verdaderamente comenzaba la guerra, mientras Goliat y sus secuaces celebraban con exaltación de egos su fácil triunfo, el pequeño pero inteligente David comenzó a elucubrar y articular su caballo de Troya con el que más temprano que tarde tumbaría de un silbido al victorioso Goliat. Pues David supo siempre que para ganar son precisos los espinos, mientras que Goliat seguro de su fuerza no alcanzó a comprender que sus espinos lo rodeaban desde el comienzo. 

Diego José López Fernández

1 jul 2015

VISTIENDO TU PERFIL

VISTIENDO TU PERFIL

Los lomos de tus colinas visten
verdes campos, blancas casas,
olivos enfilados en la cumbre
y palmeras que guardan la Plaza. 

Alta torre con tañidos de campanas,
techos bajos de las chozas encaladas.

Vestidos tus perfiles que están
todos llenos de fulgor, puritanos,
corriendo en tus calles el azahar
con un aroma de buen pasado.

Tus obradores de pan, dulces y molletes,
la lozanía de tus buenas mozas,
la cortesía de los mozalbetes,
partes todos de tus loas.

Cuatro caños que evocan
en cabeza de leones, sin Alhambra
y sin Mezquita, sino con una fuente noble.

Siete arcos que sustentan 
una portada gloriosa.
¡Bendita casa de todos!
Buena casa y hacendosa. 

Avenida de ancha cumbre
rematada en la Farola, 
Santa Ana y una soga
que, sin romperse, la atesoran.

Ataviada colina de blancas casas
que apuñalas el azul del cielo
y lo hieres con tus espadañas,
San Francisco con su patio,
las Angustias disimulada. 
Subida empedrada que ante ti me postra
con Virtudes y Montañas, todas ellas hermosas.

Verdes campos en la Sierra
donde estriban sus laderas.
Bienvenidas de Campiña
que al girasol sirven de era. 

Al llegar septiembre con el estío
todas tus calles están bellas,
con lunares y faralaes al vuelo
se convierte todo en fiesta. 

Grumete enraizado entre dos tierras
azul, blanco y verde tu perfil.
Hoy y siempre, siempre tuyo,
pueblo mío de Villamartín. 

Diego José López Fernández

27 mar 2015

Orgía Poeta

REQUIEM POR LA ETERNIDAD

El aire viciado en cianuro
anuncia la batalla final.
Ya, todas las sedientas gargantas
esperan la sentencia que les dé castigo.

La noche es larga en la espera.
Gritos inhumanos inundan el valle.
Las lágrimas de plañideras brotan,
aunque no alcanzan a saciar
el incomprensible desenlace.

El fulgor se hace eterno ante la Luna.
Ya nada es piedad ante el mal.
El vacío horizonte se presenta vano.
La esperanza muerta en la premura
del final que atenaza con su llegada.

Y volarán las malsanas añoranzas.
La niñez sobreseída en juicio primario
huye escudriñada entre las cloacas,
sobrevenido, quizás, el adulto inmundo
ya jamás habrá inocencia en su tez.

Helado rocío que mal abriga.
La caridad desposeída de sentido
hace de abrigo a la nueva esclavitud.
Sometimiento iracundo e infinito
que desdice a la mínima humanidad.

Caída del Imperio del raciocinio.
Cuan dolor acaecido sin sentido
el baile desleído entre jirones
hace del blandido armazón
un frágil castillo de naipes.

Y la calavera se antoja espejismo.
Las bruces de un accidentado golpe
hacen de cicatriz a las juntas de esta lápida.
Ahí descansan sepultados
los restos de una vida desdeñable.

Y amaneció en el valle y nada se paró.
La vida resurge de la muerte sucia.
De nuevo, brotó la hierba del pastizal,
como el día de la larga y oscura noche
y los colores sonríen con su siniestra belleza.
El fin es la nada del abismo y el principio del todo.

Ahora, temerosos y afanados
idolatrarán a falsos mitos de eternidad.
Mas, equivocados se hallarán todos,
pues, lo eterno es siempre principio.


ACOMPASADO

Compás de cante y arte
un, dos, un, dos, tres
y tus pasos se aceleran.
Un, dos y el latido estalla.
Un, dos, tres y eres flamenco.
Cuatro, cinco y seis
al trinar de la cuerda prima
y la soleá canta al viento.
Siete, ocho y taconea
ávidos los faralaes al viento.
Histórica pasión de lo jondo.
Nueve, diez y en ti bulería
y sudar tras la frente muñida
entre caracoles rizados.
Nueve, diez y vuelta al fin.
Un, dos, un, dos, tres.
Cantando al alba desgarrada
la muerte de un torero,
o la hazaña de un palmero.
Cuatro, cinco, seis.
Tronío de fugaz pasión
ante las tablas temblorosas.
Siete, ocho, tocando
en una seguirilla eterna
los quejíos de la verdad.
Nueve, diez y toco fin.
Un, dos, un, dos, tres al compás.
Cuatro, cinco, seis a tus pies.
Siete, ocho, nueve, diez ¡Olé! Y ¡Olá!


CREPÚSCULO DE LUZ

Afilas tras el horizonte en el alba
y escapas entre todo el desahucio vano
enmascarado de lucidez sin alma,
agotando el lánguido y fatal verano.

Exhibes tu lozanía en la batalla
que libras sin arma letal en tu mano
a sabiendas que son otras muchas lanzas
que con sus rayos te alejan de lo humano.

Moribundo tras la elevada montaña
para así, cuál Fénix, renacer más sano.
Y los cristales arañarán tu entraña,
y lejos irás iracundo en tu plano.

Desde la decrépita faz arrasada
verás sólo oscuridad de falso arcano
que a la insurrecta felicidad arrastra
todo tu ser infectado de metano.

La noche, como una selenita magna,
te tomará como su apresado hermano,
mas pronto, influirá la luz de la mañana
que a ti, astro rey, erigirá nuevo decano


CUANDO SEAMOS UNO

Cuando airada rozas las mejillas
contra las mías en caricias recias
sucumbe el amor a la eternidad
y lo sublime enmascara toda la felicidad.
Cuando subes a tus labios la pasión
y depositas el suave silbido en los míos
y todo en mi ser se estremece ávido
y todo en ti fluye con destreza sutil.

Cuando tus piernas me abrazan
y los sentidos de lujuria florecidos
arremeten en rienda suelta unidos,
toda tú, todo yo confluimos en uno.
Cuando decidiste atarme a tu castigo
y yo me dejé atrapar en tu laberinto.

¡Ahí! Sé que ambos ganamos al destino.


RUMORES

¿Oyes?
Sí, es el rumor de las olas en cólera.
¿Escuchas?
Claro amor, son los susurros de la noche.
¿Sientes?
Siempre. Mi interior se estremece ante sublime canto.
¿Atiendes?
Nunca dejo de hacerlo ante la belleza.
¿Sabes realmente quien soy?
Lo sé, eres yo mismo.
Entonces ¿por qué me hablas?
Porque temo tu ira, eres irascible.
Es cierto ¿lo escuchas ahora?
Claro, muy claro, es el rumor de mi agonía.
¿Te vas?
Sí, me echas, me voy, pero esta vez jamás volveré.


ERAS TÚ, SÍ TU

Eras tú fiera de la noche,
tú eras la que desgarrada con alevosía
los corazones carroñeros de las almas.

Dama sin piedad, muerte de Satán, que tu mano acomode
la desdicha de las almas sin vida,
de las anatomías de aquejadas alimañas.

Saña impune que aqueja el fatuo fulgor
de un averno que habita en las castellanas tierras.
Secarral secreto de poderosos caciques maltrechos.

Una yerma campiña desolada de amor
Cuyo mal quedó hacinado en la era
y las mieses arguyendo el fatal final se van, huyen lejos.

Y eras tú, sí tú, el talismán de la desdicha.
Por ser tu inteligencia mi mayor talón de Aquiles,
sucumbió todo mi ser a la nada, tu nada.

Y me quedo aquí, quieto, esperando el día.
Y se va la noche y por más que atine
nada es consuelo,nada, en esta lúgubre casa.


LA RIÑA

Cual causa de todo mal
expulsas de ti la ira acumulada.
Causa y mal del desencuentro
debido al devenir de los acontecimientos
Todos esos que no puedes controlar.
Ávida de enérgica desolación,
sólo sabes derramar una lágrima
que calma la sed de tu disconformidad.


LA IDA

Despertaba ansioso de café, cargado.
Amanecía y el fulgor del día me llenaba.
Gran sagacidad me blandía la esperanza
cuando todo, a la postre, se tornaba aciago.

Triste, enarbolaba la bandera de la enseñanza
cuando creí ser culto del duro entramado,
pero pronto supe de mi mentira insensata,
cuando de bruces caí en el vacío malsano.

El aire faltaba ahora en mis mañanas
y el sinvivir aliado y unido con la nada
supieron hundir mi plan al que obstinado.
Me agarré con afán y ahora veo fracasado.

Volaré lejos y me alejaré de esta España.
Ingresaré mis conocimientos en mejor legado.
Añadiré mi voluntad ansiosa y con saña.
Demostraré la pena que ha sido perder mi pasado.

Si regalar a la deriva era su tramada hazaña
con rabia y odio os aseguro que han triunfado.


EL ALTRUISMO DE LA VANIDAD

Hoy te vi ahí, harapienta, sucia y con las manos mugrientas, desquebrajadas por la mala vida. Te vi y me dio un vuelco la conciencia. Tú ahí, rodeada de figuras desdeñosas de algunos santos y de cartones roídos. Tu pelo sucio, encrespado y ¡a saber! si con roña. Te vi y me dio un vuelco el corazón. Tu olor, ese olor y esa falda hecha jirones, tus uñas sucias, esos pies encallados y cuyas durezas demuestran ese caminar descalzo que practicas. Tus ojos medio idos, esa profunda tristeza de tu mirada. Hoy te vi y me dio un vuelco en el alma. Tu incipiente lágrima, tu acento extranjero, tu piel comida por el sol, tus labios agrietados, tus guantes sin dedos y tus abrigos asqueados de tanta vida. Hoy te vi y mi caridad dio un vuelco, el mismo vuelco que ejerció mi mano para hacer sonar esa mísera moneda en el almirez mohoso que utilizas como limosnera. Sonó la moneda y tu sonrisa me hizo ser feliz. Hoy te vi, compartí contigo mis miserias y me hiciste feliz. Hoy he descubierto la fina línea que hay entre el altruismo y la vanidad. Hoy sé que soy humano. Hoy sé que tu desgracia puede sacar la mejor de mis sonrisas.


HACER EL AMOR

Una mano, la tuya, con delicadeza acariciaba mi rostro, despacio, dulcemente esas yemas fueron bajando hacia mi hombro y fundiste tus brazos rodeando todo mi ser. Mi mirada perdida en el horizonte. Un escalofrío hizo que brotase de tus ojos una lágrima aventurera que se hizo fuerte entre los surcos de tu mejilla y cual granada cayó en el campo de batalla de mi pecho. En ese instante, se detuvo el tiempo. Solos, tú y yo, fundidos, siendo uno como cuando en los albores de tu existencia mis entrañas guardaban tus desvelos y tu protección.

Ahora, fría, sin vida, inerte, expirando en mitad de un patio en el que jugábamos inocentes, rota a golpes por el ser que me regaló lo más bello, tú.

-¡Hijo! Te pido venganza. Venga mi desdicha amando y protegiendo al talismán de tu casa, ámala siempre. Muéstrale al monstruo que algún día dejó plantada una semilla inocente que deshizo el poco bien que habitaba en él y así habré ganado y así vencerás.


LA SOLEDAD DE LA VICTORIA

Tan sigilosa y cauta es tu destreza
que sabes como apropiarte del ser,
a sabiendas del ansia de crecer
y alojas en él la cruda dureza.

Como un suplicante que sólo ora y reza
muestras al triste e incauto tanta miel
que aunque a algunos le sepa como la hiel
para otros es victoria sin flaqueza.

Cuán pena de la victoria en soledad,
qué triste está el yelmo sin su lanza
cuando la angustia alberga ya lo mortal.

Ahora, ávido de escasa esperanza
te hundes, aún triste, ante el ruido mundanal
y aunque victorioso, solo, ¡solo!, te hallas.


SONETO AL BANQUERO

Eras tú la que me alentaba a la transacción
ávida de sacar beneficios a corto plazo,
mas sin mucho sentido que dado el paso
a sabiendas conocedor de tan magna ilusión.

Perdimos ambos la económica batalla al son
de unos ecos que surcados mis oídos amenazo
y sin dejar pasar mi dignidad y con el mazo
voy dando trompicones de vacía solución.

Llegado aquí y todo perdido en el abismo
sólo me queda la maldita resignación
aunque a gusto les haría perder el sentido.

Me comporto como humano y utilizo la razón
a pesar del odio que me corroe a mi mismo
sabré tener educación y esperar paciente el castigo.


A TI GERENA

Oteo las brisas de tu atardecer
desde una atalaya privilegiada
rodeado de piedra volcánica
y acerados de complicado andén.

Saboreo bocados de exquisita mano
cuando entre amigos brindó una copa
quién sabe si de vino de la tierra
o de burbujeante y fino champán.

Contemplo el paso del tiempo senil.
El paso del tiempo en un infante
y en el despertar del deseo juvenil
ávidos de nuevas aventuras vitales.

Sueño embaucado en proyectos,
pues de tus calles debo ser pregonero
si beneficio propio he de sacar
con deseo de servir al prójimo.

Encantado con el saber de tu cultura
con los sones de las musas instruidas
entre parihuelas de fe y esperanza
bajo un manto protector en primavera.

Cuánto decir de ti, desconocida.
A pesar de mi efímera estancia,
cuánta buena gente entre tus arenas
cuyo polvo disuadido te muestra, Gerena.


A TI VILLAMARTÍN

En la distancia te echo en falta.
Cuestas empinadas y palmeras en la plaza
redonda y presidenta de ella una fuente
de cuatro caños de agua.

Horizonte soleado de silueta serena
cuyo albor destella en una ermita
dónde reside una Reina chiquita,
pero de grandeza inusitada.

Torre altiva y generosa
cuyo reloj nos da las horas
de estas vidas de desdeño
cuya fe habitas dentro.

Fiestas de septiembre, siempre grandes,
con carretas y caballos engalanados
entre tierras de olivo y amarillo albero
dónde el cante se alía al compás.

Domingo grande en primavera
dónde sones de pólvora y alegría
acompañan a un cristo triunfante
que saluda al pueblo en cada calle.

Cuán grande es tu tierra desde la lejanía.
Cómo aprecias el día cuando llega el fin
y puedes contemplar con distancia
cuánto quieres, amas y adoras a Villamartín.


Y ASÍ FUE

Comencé a caminar sin yugos ni cuerdas
asesorado sólo por mis dones inteligentes
que a sazón de cada paso recordaban,
como pasados tiempos, aun sin pensarlo,
resultan mejores en la frágil memoria
que nos regala la incauta mente humana.

Cada paso era más firme que el suceso,
el devenir futuro incierto me alentaba
corriendo hacia nuevas metas inexorables
de pecados ya cometidos y asimilados.

Creí ser fuerte ante tu ignorancia
necesitando crecer en ego a cada segundo.
Molestaban las palabras maldicientes
a mis aturdidos oídos saturados de mentira
que tanta mella clavaron en el alma
cuando el camino caminaba a ciegas.

Traspiés en cada piedra me encallaban
los zancajos mugrientos de esperanza.

Tonto fui al creer en lo absoluto y eterno
cuando sólo eran espejismos maltrechos
lo que mis osados visores contemplaban,
perdiéndose entre embustes sentimentales
que especulaban encendidos de deseo
y carentes de belleza y armonía.

Cuanto mal hicieron tus palabras
al descubrir su certera realidad.
Como escupían lágrimas mis ojos
pensando en todo este mal
creyendo en un engaño enjuto de amor
por el que luché sin ninguna dilación.

Y ahora exento de cuerdas y yugo
saboreo las brisas mañaneras con anhelo
y en la trastienda de mis sentimientos
lates aún con alguna fuerza
la misma que hará palanca para
ofrecer la luz de mi nuevo y estrenado destino.


LA F.COM DICE ADIÓS

La esencia de un verano que termina
se torna ilusión ante la nueva vida
que durante un septiembre que poco a poco expira
aguarda hacia una calle de la Cartuja de Sevilla.

Comenzó la aventura entre noticias,
besos, amigos, barriladas y risas.
La F.com nos acogió un buen día
Para, ¿quién sabe?, convertirnos en periodistas.

Largo se ansiaba el camino, eso parecía,
ahora cerca de la meta entre pena y alegría,
despedimos cinco años en eterna compañía,
en pos de un futuro incierto que nos abriga.

De la mano al compás de la publicidad
y de los los amigos del mundo audiovisual
somos miembros de la enorme familia
de esta gran morada llamada facultad.

Informar, formar y entretener es la misiva.
Alentémonos saciando la mano amiga
de un público que fuera aguarda y nos ansía
esperando que pongamos en práctica la teoría.

Profesores, copisteros, limpiadoras y cafetería
también han aportado inspiración a esta poesía,
pues sin ellos todo esto, quizás, no existiría.

Mas nos queda dar las gracias, por aportar a nuestras vidas.

Con sigilo y despacito todo esto se termina,
no obstante, asiremos cámaras y pértigas entre bambalinas
otros quizás tomarán micrófonos con su correspondiente pegatina
qué acredita a esta nuestra profesión tan atractiva.

Luchemos por ser buenos, pues así lo querrían
los ciudadanos con sociedades sin buenos periodistas.

Aquí empieza lo bueno, comienza la partida,
seamos buenas piezas del puzzle y enemigos de la inquina.


TEMPESTAD

Tempestad, después el huracán.
Viento sopla a la deriva.
Desbocada está la mar.

La tempestad, después llorar
mas tarde reír
y por último odiar.

Mis oídos escuchan la tempestad
como los rayos de tus ojos
deslumbran a la humanidad.

Tempestad de tu garganta
con llanto suena con pena arrastra.
Deshumanización de tu cuerpo,
Reencarnación de tu alma.

¿Escuchas eso amigo?
Es la voz tenue de un niño,
la tempestad azota el universo
y el huracán destroza los sueños.

Tempestad, viento y mar
bastante daño nos harán,
igual que nosotros al revelar
nuestras fuerzas con maldad.

Les toca a ellos deshacerse de nosotros,
para siempre.

Tempestad, después el huracán
viento sopla a la deriva,
desbocada está la mar.

Diego José López Fernández

26 dic 2014

De tu sombra mi belleza

Si en el antiguo Egipto se comenzaron a popularizar algunos de los modelos más primarios de sombreros, fue en la Grecia clásica dónde aparecieron con más fuerza y el gorro frigio se convirtió en símbolo de libertad ya que era el complemento que reconocía a los esclavos liberados. Aunque bien es cierto que el sombrero se populariza sobre todo en Francia en tiempos de Carlos VI con el principal fin de protegerse de la lluvia. Pero décadas y siglos después el noble arte de la sombrerería fue distinguiéndose y convirtiendo poco a poco a los sombrereros en nuevos artesanos cuyos modelos no sólo tenían la finalidad de proteger al portador de la lluvia o el sol, sino que incluso se crearon modelos que distinguían el estatus y nobleza del que lo lucía.
Aunque sería imposible abarcar la historia de la sombrerería, sí hay algo cierto es que actualmente el sector cuenta con un prestigio alcanzado por haberse convertido en un complemento perfecto de actos nobles. Si es el hipódromo de Ascot uno de los eventos anuales más conocidos dónde es el sombrero el complemento estrella, aquí en España bodas y actos oficiales han dejado un escenario perfecto para lucir estos tocados y sombreros.
¿Y Sevilla? Pues no podía ser menos, es una ciudad que cuenta con una serie de casas de sombrerería con algunos artesanos que siguen ejerciendo este precioso oficio. Como asevera el refranero patrio ‘para muestra un botón’ y en plena calle O’Donnell nos encontramos con el atelier o taller del joven José Luis Carreño. Si la ilusión y el buen hacer de esta profesión tiene un nombre y un sitio en la eterna Isbilia, sin duda, reside en esa céntrica calle. Desde su más tierna juventud, aunque a sus 29 años, ésta,  todavía no lo ha abandonado, pensó en formarse en el complicado mundo del diseño y la confección lo que llevó que tras su paso por la Universidad perfeccionara la técnica aprendida en la escuela de confección de Jerez en la siempre glamurosa y cuna de la moda Milán. Y fue en ese lugar dónde con un sombrerero inglés aprendió el oficio y hoy en día mujeres de muchos rincones de Andalucía y algunas también de fuera confían en la marca que José Luis ha logrado labrar a base de esfuerzo y tesón, CUKKI. Junto con JLu Zambonino ha logrado que la mujer atraviese el umbral de su taller vestida, nunca mejor dicho, de pies a cabeza.
IMG-20140530-WA0003En una tarde de calor o quizás de lluvia y ¿por qué no? puede que con el azahar florecido el joven gaditano aventura en la Híspalis de rancio abolengo configurar un taller de sueños para clientas que buscan la elegancia de las cosas bien hechas, dónde el estilo y el saber hacer de sus maravillosas manos hacen que salgan elaborados sombreros y tocados que vestirán las cabezas de estas damas en bodas, actos sociales y fiestas. Nada mejor que confiar en Carreño que además de instruido y luchador es capaz de sacar el mejor partido a la mujer.
Cuántas horas entre plumas, lentejuelas, mallas y fieltros, materiales nobles de seda, bordados y demás piezas para con ganas y fantasía crear y seguir creando, innovar y hacer de cada pieza algo especial. Sus dedos poco a poco dan forma a uno de esos sombreros y en algún lugar una mujer sueña con ¿cómo será el complemento perfecto que adornará mi cabeza? Y sin saberlo, en el centro de la vieja Sevilla un chaval está recogiendo ese sueño y comenzando a moldear la nueva pieza que lo hará realidad.
Como José Luís es Andalucía tierra de sombreros y además algunos de propia hechura, el cordobés, el cañero y de ala ancha, el de paja, sombreros que visten las cabezas con historia, desde los utilizados para el toreo, la feria o el campo, hasta los prendidos para los mejores y más factuosos eventos. El sombrero, sin duda, y sus artesanos conforman un oficio al que le esperamos una larga y próspera vida. Y así la sombra que cobija a los portadores de un sombrero se hace belleza, se hace distinción y cumpliendo con su función el sombrero es y seguirá siendo el que reparta desde glamour en una fiesta hasta el alivio a un jornalero bajo el sol candente de esta bendita tierra del sur. Pero siempre será una cosa, parte de un momento y por consecuencia ligado a toda una vida.

*Fotos cedidas por JLu Zambonino

Navajas con hojas de espejo

origin_10153220726Carmen está tranquila. En la cocina la válvula de la olla ha comenzado a despedir los humos del magnífico cocido que está preparando para el almuerzo. Sus hijos saldrán en breve de sus aulas y el esposo pronto terminará su jornada en el tajo. Asomada en la ventana le sorprende un silbido, un silbido que no sale de los labios de una persona, es un sonido más agudo, acompasado y dejando caer el aire en las últimas notas. Pronto, observa como ese canturreo es cada vez más próximo y dónde la vista comienza a alcanzarle ve como un señor de una mediana edad pero ennegrecido por su exposición a los rayos del sol ataviado con unas ropas limpias, pero de antiguas modas, se aproxima con un pequeño y viejo ciclomotor en cuya parte trasera porta un artilugio que movido con un pequeño motor es la herramienta principal de su trabajo. Y así, Carmen apresurada abre uno de los cajones de la cocina y rápido baja las escaleras del segundo piso donde vive, al llegar a la calle se acerca a ese señor y le ofrece un ramo de cuchillos y tijeras, el afilador, amable, la saluda y comienza con su tarea.
Si existe una profesión de esas de antaño, profesión de rancia tradición y de notable carácter rural que aun hoy día es posible observar en ciudades como Sevilla esa es, sin lugar a dudas, la de afilador o ‘afilaó’. En la Sevilla de las Setas de la Encarnación, de la Torre Pelli y la moderna Isla de la Cartuja, en esa Sevilla de lo retro moderno del Arenal y la Alameda, en la Sevilla que se empeña, con acierto, en modernizar lo que siempre ha sido en su esencia, una urbe provinciana que ha sabido captar nuevas esencias, ahí, en esa Sevilla todavía vemos por las calles de sus barrios, esos barrios que se impregnan de olores varios a la hora del almuerzo a un señor pasear por sus plazas al grito de -”El afilaooooooooooor”-. Y si hay suerte, alguna ‘maría’ le gritará por el balcón o correrá apresurada a solicitar sus servicios.
Este personaje de la España burlonesca, de esa España del ‘Lazarillo de Tormes’, ha sabido superar a la historia y trascender en el tiempo. Ahora quizás en coches y no a pie, en motocicletas y no en burro, los afiladores siguen subsistiendo en una época en la que las nuevas tecnologías han sabido superar este tipo de servicios, aun así, la figura del afilador se ha convertido en un emblema no institucionalizado pero sí aceptado por el devenir de los tiempo.
Si bien es cierto que los cuchillos, hachas y tijeras que pasan por las manos de estos trabajadores de la tradición quedan relucientes, afilados y listos para cumplir con sus funciones, no menos cierto es que se han granjeado con un halo de negatividad y la superstición ha hecho de ellos augurio de mal agüero. Entre otras cosas muchos son recibidos con un malsonante y poco gustoso -¡Los muertos del afilador!-. Otros, sin embargo, de una manera más fina, cuando escuchan la estridente flauta de estos señores atinan a tapar su cabeza con el primer trapo que encuentran. Supersticiones a parte, los afiladores han asumido que en el imaginario colectivo se haya quedado este halo de mal fario, pues, al fin y al cabo, afilan herramientas que bien pueden ser utilizadas para su uso primigenio como para mal usarlas y hacer el mal. También han trascendido a cantares populares como en el juego infantil en el que una cancioncilla dedicada a estos artesanos es el hilo conductor de su operativa.
Sea como fuere y sin conocer realmente el por qué de que esta tradición haya sido capaz de trascender en el tiempo, con este artículo se pretende hacer un homenaje a esas personas que han decidido arriesgar su labor a afilar las navajas y demás aperos, aun a riesgo de ser objetos del recelo supersticioso. Afiladores que a día de hoy llenan las calles y plazas de los barrios de la Sevilla eterna de esa ciudad de esencia que tanto gusta al sevillano y visitante. Si por un sólo momento esta bonita profesión aporta magia a la tradición no cabe más que desearle una larga y próspera vida. Además felicitar a todos los afiladores que con sus flautas y su grito particular hacen despertar a las nuevas generaciones de lo pronto y rápido y quizás alguno reflexione y pregunte a sus mayores que quiénes son y qué hacen estos señores. Si sirven además de para afilar para despertar el entusiasmo de conocer de niños y jóvenes sean todos bienvenidos y no dejen de afilar esta bonita tradición.

Tejiendo el amor

Las arrugas muestran surcos de experiencia en unas manos que con mucho amor asen dos agujas y un ovillo de lana, punto a punto hileras de lazos perfectos y simétricos van configurándose. No pocos han sido los metros de madejas que esta buena señora ha transfigurado en chalecos, rebecas, pololos o patucos. Como si de una parca que nunca deja de tejer los hilos de una nueva vida, la abuela que tras la buena nueva no piensa más que en rellenar esa canastilla matriz de necesidades cubiertas en primera instancia del que será el vástago querido de su eterna protección.
Así pues, abuelas van trabajando su estatus en la vida del que está por nacer y desde la primicia, la buena señora, no piensa en otra cosa y con mimo y dulzura, pero sobre todo con ilusión va tejiendo con amor cada una de las puntadas que de esas agujas van saliendo. Ancestral son las artes de la costura y el tejido, milenarias las técnicas que bordan con diferentes formas y motivos las prendas, tantas como el amor que se profesa hacia este escalón de la línea genealógica.
Sin embargo, nunca es suficiente, siempre puede haber más y surgen los dilemas. ¿Qué color utilizo? ¿Rosa para la niña, azul para el niño, neutros como el amarillo o el verde? ¿Pongo lazos, no los pongo? Cuestiones, a priori, intrascendentes, pero una vez en la mercería, esta buena señora, interroga y aborda casi desaforada al tendero, cree que su ilusión es la única existente en ese momento, no considera que pueda haber otras abuelas en la retaguardia con la misma sensación. Pero el sabio e instruido tendero es hábil y conoce a la perfección el trato que ha de dar a estas buenas mujeres y todas, a buen seguro, sonríen con su bolsa al atravesar el marco de la puerta.
Desde la antigüedad las mujeres se reunían para tejer juntas. Configuraban así pequeños club sociales en los que intercambiaban impresiones, emociones y por qué no decirlo alguna que otra habladuría. Es una buena y preciosa costumbre que cada vez está más en desuso. Quizás la costura o el punto ha quedado relegado a talleres esporádicos que los Ayuntamientos o las Juntas de Distrito ofertan a los vecinos para rescatar, aunque sea de una manera efímera, esta bonita costumbre. Ni que decir tiene que son las féminas las verdaderas portadoras de la técnica aunque no estaría mal que los hombres se acercaran a este maravilloso mundo de creación. Pero todavía existen algunas casas, algunas abuelas de esas de otras generaciones anteriores que no pierden esta sana costumbre y en la sociedad del consumismo que no sabe apreciar lo costoso y la calidad de este tipo de prendas hay, aun, un atisbo que hace perdurar en el tiempo las agujas bajo las axilas y la madeja entrevista entre una bolsa que se aloja en el suelo junto a una mecedora o sillón, baluarte perfecto para ejercer la bella profesión.
En las profesiones artesanas las de estas abuelas que tejiendo el amor hacia sus nietos son únicas tiene una digna mención y además merece alegato de salvación por parte de los defensores de las tradiciones. Nuestra primera ropa, ese primer chaleco que nos coloca nuestra madre antes de salir del hospital maternal, esos gorros y bufandas en los primeros días del otoño y esos baberos que tantas cucharadas han aguantado salen de las manos de estos seres primorosos que son las abuelas. Así, el orgullo y la simbiosis es total, portar una prenda tejida a mano, por esas manos, es algo que nunca te harán olvidar y, ¿quién sabe?, algún día tus propios hijos pueden aprovecharlos y orgulloso promulgarás a los cuatro vientos el nombre de la artífice de tan bella prenda y sentirás orgullo, quizás nostalgia.
Al fin y al cabo somos hijos de la tradición, en primera y última instancia y a pesar de las vicisitudes, la modernidad, el ritmo frenético y la loca sociedad de la imagen y la comunicación no hay mensaje más bello que el que transmite el olor de esa lana que tras lavados ha adquirido una personalidad propia, un olor que transportará al más olvidadizo hacia esas manos, hacia ese regazo y hacia esas bellas arrugas que supo protegerlo del frío y el calor a base de un punto tras otro, de un hilván y un brocado. Esas manos que tejiendo el amor devorarían por ti hasta al mismo diablo.

21 oct 2014

Vigías del tiempo revuelto

Unos lejanos perfiles se dibujan en el horizonte, son bellos, pero un tanto desproporcionados.Algunos de matrícula extranjera se asombran con tan imponente sombra bidimensional. Fiel testigo del devenir de los tiempos, se aferran a sus pilares sin cambiar un ápice su bravura ni su pose elegantemente vanidosa. Nacido para ser de anuncio, concebido para extrapolar los valores de una de las marcas de caldos más famosas del mundo. Siempre resistió cualquier viento, lluvia, tempestad o altas temperaturas. Impertérrito, quieto, pero a la vez muy vivo. Dijo el viejo sabio  Machado, que no hay camino sino que se hace camino al andar y él, incluso en su quietud, ha hecho ese lento pero importante camino del reconocimiento.
 Puede que ese mismo horizonte no quede huérfano y que, aunque en la lejanía, la compañía se haga presente en la silueta de otra bella anatomía. Con el mismo fin, con parecido en el devenir, con la misma vigilancia, pero quizás menos recia e imponente. Más comedida y festiva ha sembrado otros escenarios con las reminiscencias de su esencia. Su nombre es patente en cualquiera de las fiestas y tradiciones más arraigadas de la soberbia Andalucía. Aliada además de hosteleros de buen gusto y refinadas costumbres.
 Saben vestir páramos yermos y se hacen dueños y señores de grandes y largas rectas de asfalto aburridas. Él con toda su varonía en esplendor, ella con el ala ancha por bandera. Él que sirve de escudo a una bandera y ella que es símbolo de una cultura. Ambos forman el maridaje perfecto para trascender de su originaria concepción a un alto grado de aceptación común como adalid de un sentir, de una patria de una madre tierra.
 Ellos que estuvieron flanqueados en su nacimiento por letras en las que servían de un simple elemento más de una campaña publicitaria de vinos, Osborne uno, Tío Pepe la otra. El toro y la botella humanizada con sombrero cordobés, chaquetilla de corto y guitarra en mano, eran prototipo de una incipiente industria que comenzaba a resurgir en la denostada España de las películas del destape o las de playas repletas de suecas y alemanas. Fiel símbolo de una patria de vino y pandereta.
 Y es ahí, precisamente, donde reside su afortunada reputación. Después de pertenecer a ese chovinismo chabacano han sobrevivido al devenir de la propia historia revuelta de su España querida. Ahora, protegidos ambos como símbolo cultural, han dejado de ser imagen de una marca comercial para convertir en historia a sus esculpidos perfiles. Como el pollino en Cataluña o el gallo en la vecina Portugal, el Toro de Osborne y la Botella de Tío Pepe son santo y seña de la España de todos, de los que vivieron una triste y larga guerra civil, de los que sobrevivieron a cuarenta años de represión indeseable, de los que asistieron expectantes a una Transición modélica y los que llevan incluso algunos reyes y papas a sus espaldas.
 A pesar de los pros y los contras con los que viste la historia, sobrevivir como símbolo de unión y ser capaz de pasar a ser de la noche a la mañana de producto a talismán es algo que pocas veces ocurre. Razón más que merecida para reflexionar cuando de camino por cualquier carretera de la red nacional se divisan estos preciosos carteles. Mirarlos con los ojos de su valor, con los ojos de lo que han sido y lo que son. Servir de ejemplo inerte, pero vivo a la vez, de la superación, del devenir y el cambio.
 Deben ser óbice de compromiso con uno mismo. Transformarnos continuamente con el afán de mejorar, dejar nuestra huella, nuestro perfil y ¿quién sabe? Algún día poder convertirnos en signo o símbolo de una comunidad que identifique nuestro esfuerzo como valor, seamos ese toro o esa botella. No quedemos inmóviles aunque estemos anclados a nuestra silla, aunque nos aten y amordacen, pues el tiempo jamás deja de ser revuelto y el triunfo, puede ser, se halle más cerca de lo que pensamos.

Las fronteras del arte

Quizás un paseo normal, el entorno habitual por el que pasan todos los días cientos, quizás, miles de personas. Las mismas aceras, los mismos árboles y los mismos escaparates. El tiempo parece no hacer mella en el devenir de un escenario que se antoja eterno. Vuelves a doblar la esquina y la misma escena se vuelve de nuevo a repetir. Puede que hoy el cielo esté más gris y plomizo que otros días, pero, al fin y al cabo, eso cambia muy poco la monotonía instalada en el cuadro.
Casi a diario repetimos patrones de rutas, hábitos y ¿cómo no? casi vitales. Pero la simpleza hace que los escudos aparezcan y que la necedad no nos deje disfrutar de los regalos con los que nos propina la vida en cualquier centímetro del orbe terrestre. Quizás los adultos estamos tan inmiscuidos en nuestros quehaceres, nuestros problemas y nuestros pensamientos bombardeantes que no sabemos que a escasos centímetros se nos escapa algo que ya no alcanzamos siquiera a comprender.
Ayer salí de casa con una acusada proposición de mirar el más allá de lo cotidiano. Fue entonces cuando descubrí cosas maravillosas. Ayer me paré, y no perdí el tiempo, puede que todo lo contrario, ya que volví a encontrar una parte de mí que hacía tiempo no alcanzaba a hallar. Sentado en uno de los macetones metálicos plantados con esmero en la céntrica y preciosa calle Tetuán de la capital hispalense, me regalé miradas de admiración, miradas que satisfechas arrojaban meritoria atención hacia personas que nos regalan cosas hermosas y que poco o nada paramos a atenderlas.
Fueron muchos los niños que pasaron frente a mi improvisado asiento, muchos y de diferentes nacionalidades, edades y tipos de piel, pues era época de mucho trasiego de turistas, pero todos y cada uno de ellos entendían el lenguaje, todos y cada uno de ellos asombrados giraban sus cabecitas en los carros o seguían con su mirada para no perder de vista tan magistral interpretación. Ahí, frente a mí un violinista, un acordeón o una señora que baila al compás de unas palmas. Ahí frente a mí uno de los escenarios más hermosos del mundo. ¡Gratis! La mayoría de los adultos poco reparaban en el espectáculo, algunos, quizás, proferían una ligera mirada, otros tan siquiera tuvieron la sensibilidad de saber que existían. Pero todos, sin excepción, todos los niños se emocionaban al ver tan precioso regalo. Ellos sí que sabían conectar en lo más sincero de su ser con el artífice de tan loable actividad callejera. Todos, sin excepción, se alejaban con ganas de quedarse. Todos mimetizaban con la esencia de la belleza. En definitiva, todos esos seres inocentes, incorruptos hablaban con los ojos del arte.
Pensé entonces en lo ingrato que somos, en lo materialistas y elitistas en los que nos convertimos con el paso del tiempo. Tras reflexionar sentí una especie de vergüenza propia por querer auto convencerme de que mi nivel cultural aceptable es mucho más refinado si conozco a consagrados escritores, virtuosos compositores o espectaculares bailarines que si me paro, al menos, cinco minutos en contemplar a los que la fama ni siquiera le ha dado la oportunidad de demostrar su inconmensurable talento. Personas que además con generosidad inusual en una raza que poco a poco tiende hacia el egoísmo histérico regalan a cambio de casi nada, quizás sólo por un gesto caritativo que suena a metal de poco valor, algo tan grandioso como es el arte. Para ellos no había fronteras.
Hoy, al menos por un segundo, he sentido la raíz que une lo humano y lo artístico. He comprendido lo difícil que es la evolución humana sin el conocimiento de los placeres sensoriales. Difícil es la cuestión de enmarcar la etimología de la palabra arte, una descripción atrevida, osada y subjetiva que nunca convence. Lo que si bien es cierto es que el arte no deja indiferente a nadie y nadie por lo que veo se es más que nunca en los albores de nuestra existencia. Así pues, me gustaría ser nadie por mucho tiempo y regalarme a diario lo bello y hermoso que nos rodea en la hipertensión surrealista en la que vivimos por norma. Evadir un problema efímeramente sentado en un macetón de Tetuán ha sido, sin duda, uno de los mejores espectáculos que he visto en mucho tiempo.

Sevilla, la ciudad alegórica

Son dos y nacen de tus entrañas. Dos que pasan desapercibidos para la mayoría de los propios y los extraños. Sois dos tan bellos, eternos y hermanados. Dos que tanto estrago causan en las vidas de todos, a la vez temidos y ansiados. Dos que sabéis salvaguardar la esencia de la humanidad. A veces ambiguos, capaces de sacar lo mejor de las personas y en muchas otras ocasiones desentrañáis los más bajos y peligrosos instintos intrínsecos al ser. Ambos con tanta capacidad de acción. Tanta que puede cegar y hacer creer al mundo que la razón te sucumbe cuando es realmente la propia locura la que aturde tu mente insana. Sois dos que usados con benevolencia alcanzáis la perfección y la casi plena felicidad. Es exiguo el escalón que separa todo lo anterior del abismo más absoluto. Y Sevilla os alberga, quizás su propia historia que la hace heroica e invicta le de la suficiente valentía para haceros de hogar.
Eres tú, la fe y también tú, el amor. Ambos, divinos y crueles sentenciáis nuestras vidas con veredictos justos e injustos. Pero aquí separados por calles y alegóricos aguardáis en vuestros templos y de manera sutil sois alfa y omega de una de las pasiones más clamorosas de la ciudad. Quizás Sevilla no se de cuenta, pero tanta heroicidad se le escapa por las aguas en las noches de luna llena de una santa semana.
Es usted, el amor, quién muestra la redención de la locura ante los ojos de todos los que aguardan a las puertas de la colegiata de El Salvador. Es Domingo de Ramos y en Sevilla todo se hace amor. Pero no se pierdan en la magnífica talla de Juan de Mesa, no, no es ese el amor al que me refiero. Deberán escudriñar bajo los pies del señor, ahí en la trasera de la cruz dónde se esconde para no asustar a Sevilla. Ahí escondido, apacible, pero a la vez lleno de fuerza, hallas la plenitud. Amor, ese que se encarna en la sangre derramada para otros, ese amor que descubre tus propias entrañas y arrancas tu piel a tiras para que beban directamente de tu sangre. Amor que alimenta a los demás mientras tú languideces ante el fatal desenlace. Amor de ese pelícano descubriendo sus plumas llenas del líquido vital para que sus vástagos se alimenten de sus vísceras. ¿Puede caber más amor que en esa simple alegoría? Y pasa desapercibida porque muestra lo temerario del amor. Y Sevilla sabe ser sede de su custodia, pero desea mantener su vanidad intacta y por eso lo esconde en un detalle tras el barroco deslumbrante. Pero el amor sabe que no necesita más espacio, es tan fuerte y voraz que sólo el que descubre su escondite entiende el porqué de muchas de sus incógnitas.
Pero no está sólo, tanta fuerza no sería capaz de sobrevivir sin una contraposición, con un álter ego que lo haga más grande aún, si cabe. Pues no existe amor sin fe, y la fe por suerte o desgracia es completamente ciega. Ciega porque no ve, pero cree. Ciega porque no necesita de actos, sino de esperanza de hallar lo verdadero. Ciega porque es tan grande e inexplicable que no puede teorizar su propia esencia. Es fe y es ciega, tan ciega que la hace tímida, tan ciega que busca su propio refugio en la eterna Sevilla. Y aunque está ahí, parece que no está. Y si es amor todo lo que comienza es fe todo lo que acaba. Fe que el sábado santo recibe los rayos vespertinos en María Auxiliadora. Paso tras paso en un rachear continuo portando el velo ante los ojos, un velo que no ha de caer. Velo que sirve de muro para no ver la misma realidad.
Amor y fe, no sería lo mismo de Sevilla sin dos de las grandes alegorías de la humanidad. Despejando el sentir religioso, libre e individual, tanto amor como fe están presentes en todos y cada uno de nosotros. Son tantas las veces que los tememos y tantas otras los ansiamos que escondidos nos vigilan. Ellos, menos dados a la opulencia y el postureo, tímidos porque su propia seguridad y costumbre los hace verdaderos y están exentos de demostrar su poder nos exorcizan para poseernos. Puede ser que sea una de las razones por las que Sevilla sea la ciudad de la alegoría. Puede que la bella Híspalis sea invicta y heroica por su noble lealtad a servir de testaferro de estas dos grandes fuerzas que nos superan. Amor y fe por siempre y que la bendita locura del desconocimiento atrevido nos otorgue lo que la vida nos tenga deparado.

4 may 2013

Madre, como tú ninguna


Madre, qué palabra tan inmensa. Suena grande, incluso inalcanzable. Madre, así es como te nombro cuando descuelgo una llamada telefónica de esas tan habituales que me haces. Madre, porque es un precioso término que cada vez pasa más desapercibido. Tú me diste todo lo que tengo, así soy, así me muestro y así me enfrento  a la vida.

Desde que tengo uso de razón no has parado de dedicar cada uno de los segundos de tu vida a mejorar la mía, no hay mayor acto de amor que ese que pasa por desprenderte de ti mismo hasta llegar al punto de la desidia por el simple hecho de haber puesto todas tus ganas, tus fuerzas, esperanza y al fin y al cabo tu proyecto en seres que un día estuvieron dentro de ti y que ahora por la injusticia de la vida o simplemente por la fuerza de la naturaleza están comenzando un sendero en el que ya se escapan tus protecciones, atenciones, decisiones o potestad, para pasar a formar parte de un sabio consejo o un apoyo ante un proyecto más o menos inesperado. Pero toda tú sigue viviendo por y para la causa y será así hasta el final que debe antojarse eterno y espero que así sea. Será además la causa más justa por la que seguir luchando, la causa de un proyecto que jamás acabará a pesar de los pesares y del que siempre intentaré lucrarme.

Pero si escribo esto es sobre todo para decirte una cosa, algo tan sencillo como Gracias. Gracias por haber elegido esta vida, gracias por tus decisiones acertadas y también por las que no lo fueron tanto, gracias por haberme engendrado y con quien lo hiciste. Gracias por aguantar a veces en silencio el sufrimiento, la desidia que antes comentaba. Gracias por haber hecho que mi infancia haya sido un camino de felicidad, por no negarme nada ni a nadie. Por haberme dejado tomar decisiones acordes a mi correspondencia. Gracias por apoyarme en silencio tantas veces y por haber consolado mi llanto respetando siempre mi férrea intimidad. Gracias también por haberme enseñado a ser fuerte en la vida a no desistir de las cosas, a intentar que nadie pase por encima de mi dignidad, a ser una persona de provecho. Gracias por los caprichos que he recibido en ocasiones, por hacerme fácil las cosas, por aconsejarme y por no martirizarme en mis errores. Gracias por haberme dejado errar, equivocarme, a pesar de tus pesares y a pesar del sufrimiento que todo ello pudiera causarte. Gracias al fin y al cabo por los millones de cosas que no cabrían ni una enciclopedia completa.

Madre, para todos los humanos la suya es la mejor, pero quiero que sepas que en mi caso no es que seas la mejor, es que eres única, mejor es cualquiera en cualquier cosa, pero tú eres simplemente MADRE, con todas y cada una de sus letras. A pesar de las diferencias que nos separan, que no son muchas, siempre confío en tu criterio. Aunque no lo creas casi todas mis decisiones importantes, te sean o no consultadas, siempre conllevan a un posicionamiento personal en el que tienes mucho que ver, me importas, me importa lo que te pueda hacer sentir, lo que puedas llegar a opinar aunque ni siquiera te planteases en la vida en referírmelo. Por eso sé que eres la perfección como madre, porque sin hablar, sin tenerte a mi lado, sin consultarte cualquier cosa, sé que soy capaz de saber cómo lo harías tú y me baso mucho en esa intuición impersonal que me transmites, porque pensar por ti es algo que hago muchas veces. Por eso quizás hay muchas cosas que no te digo, o que lo digo con posterioridad a haber pasado porque sé fehacientemente que tú harías lo mismo.

Madre, puedes sentirte dichosa, porque no todas las personas pueden decir que el proyecto de su vida se cumple, sin embargo tú eres una de esas personas afortunadas. Tu proyecto de vida el de formar una familia, tener hijos y que estos fueses personas de provecho creo que lo has superado con creces y nada más que por eso y por todas las fuerzas, ganas y empeño que dedicas todos los días a hacer que el proyecto siga en pie debería ser el motivo y motor que te lleve a emprender todas esos otros proyectos para los que ahora estás preparada, todos esos proyectos que pasan un poco más por tu desarrollo como mujer, como ser humano y en todos esos proyectos, sea cual sea, quiero que sepas que cuentas con mi apoyo incondicional y rotundo. Así que Madre, adelante, fuerzas, ganas y al toro que la vida es sólo una y no me perdonaría jamás el no haber participado de tus sueños y haberte apoyado en ellos.

Y para terminar sólo una cosa. Te quiero Madre, te quiero con toda mi alma y quiero que estés a mi lado eternamente, y no es que quiera es que lo sé, sé que estarás a pesar de todas y cada una de las cosas que nos puedan pasar en esta vida.

 FELIZ DÍA, te quiere, tu hijo. 

20 mar 2013

El vuelo de la sapiencia

DIEGO LÓPEZ. Cruje la rama de un árbol donde suavemente posa sus garras un cernícalo. La rama le sirve de torre vigía ante su próxima presa. La noche es tenue de luz, la luna agoniza en su último cuarto menguante para dar paso al nacimiento del astro nuevo que comenzará un ciclo eterno y perfecto. Pronto la luna llena volverá a iluminar el iris rapaz de la majestad nocturna. Unos ojos enormes acechan en la espesura de matorrales donde muchas de las potenciales presas aguardan, aceleradas de miedo, a que las garras del ave real se cierna sobre sus lomos con el propósito de servir de estimable banquete al acervo de una cena triunfante. 

El cernícalo, ávido de gula, ansía saber elegir con certera paciencia donde clavar su letal arma. Piensa absolutamente cada detalle del ataque, cada centímetro de la presa, cada una de las consecuencias que implican dar el siguiente paso, pues errar sería una auténtica fatalidad. El cernícalo entiende que su decisión será consecuencia trágica para otros, lo sabe, lo entiende y lo asume consecuentemente. El ave nocturno aplica con desdén las leyes vitales para redimir su culpa, el hambre, la realidad de ingerir vida para seguir subsistiendo en ella. De este modo, el altanero pájaro se vanagloria de conciencia, de respeto social y de sabiduría vital. 

Amanece y cuando la rabia solar hace visible el campo de batalla la sangre, que en charco quedo encaramada en la roca asesina que sirvió de herramienta de tortura, se hace pública. Anuncia la cruenta realidad que en el sito campal hubo de haber sucedido, allí donde el cernícalo agarró su manjar y destruyó hasta la agonía el hilo que las parcas tejieron a tenor de ese ser desde su existencia. Pero todo el proceso sin duda ha estado presidido por la cordura sabia, sabia intrínseca de una naturaleza irracional, instintiva que lo hace ser perfecto. 

Carente el pájaro de acumulación de cadáveres innecesarios a sus espaldas es ahora ser triunfante en la lucha del más fuerte. El cernícalo entiende la satisfacción que provoca evitar que broten ríos de sangre sin sentido, entiende también que él es el rey de la noche y que ha de ser así por su condición justa, por escrutar bien antes de decantarse por la presa, pero sobre todo por su carencia de ambición. 

Hasta aquí se escribe la historia de un ser que es capaz de mostrar cordura y sensatez desprovisto de cuantas armas intelectuales posea, es decir actúa desde su desarrollo primitivo, según la valía humana. Pero es infinitamente más sabio, mas estable, equilibrado y comprometido consigo mismo y por ende con su entorno, ya que al fin y al cabo, es el escenario de su propia vida y sabe protegerlo. 


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